Calificativos insuficientes

Presentadora Aleanys Jáuregui

Presentadora Aleanys Jáuregui

La televisión cubana no se caracteriza por la calidad de su programación de factura nacional, por eso mismo, reviso en la cartelera las películas por si me interesan. Lo único que sigo son series pirateadas: Anatomía de Grey, Suts y Dirty Sexy Money; esta última, a pesar de su horario en la madrugada. Pero a veces, por casualidad, por pura casualidad, tropiezo con programas producidos por la tv cubana, que produce poco, malo y demorado y por suerte rellena con enlatados. En fatal casualidad he visto algunas escenas de una cosa horrible llamada Santa María del no-sé-qué que se pasa en el horario de la telenovela; pero el otro día soporté con estoicismo digno de mejor causa un programa ¿humorístico? hecho por mujeres. Concursaban, y un jurado muy condescendiente, levantaba cartulinas con su calificación. Mal gusto, vulgaridad, falta de gracia, ausencia de originalidad; y dando ejemplo de lo anterior, la conductora del programa. En la Federación de Mujeres Cubanas y la UNEAC, instituciones que se preocupan indistintamente por la integridad femenina y por la elevación de los valores culturales, no deben haber visto Más Mujeres (con el signo de más que no encuentro en el teclado), ese engendro de más para el que no encuentro suficientes calificativos en el teclado.

Acapulco, en alguna parte

Anoche fui a ver Esther en alguna parte, nueva película de Gerardo Chijona con guión basado en una obra del mismo título de Lichy Diego que no he leído.  A riesgo de meter la pata, le imagino al relato de Lichy un aura borgeana, pero la película, con elenco de lujo, es una sucesión de escenas donde Reynaldo Miravalles y Enrique Molina están espléndidos, a pesar del doblaje de sonido espantoso y de la oscuridad de la copia, defectos técnicos añadidos a los defectos artísticos que lamenté sinceramente, porque el “cine de viejos” es rara avis y creo que Chijona perdió una gran oportunidad.

No era la primera vez que iba a ver la película.  El día anterior en el estreno, lo intenté en la tanda de las seis, pero la administración del cine decidió no abrir para mí y otra señora y alguien más que haya llegado antes.  Anoche, no éramos más de veinte personas.

Una vaga sensación de asistir al fin de una época que ya había vislumbrado cuando fui a ver La película de Ana, se materializó anoche en el Acapulco.  Por haber vivido siempre tan cerca, este cine ha sido mi cine.  Desde las matinées infantiles los domingos, he asistido a sus sucesivas transformaciones: cuando vendían golosinas en un mostrador de forma redondeada justo delante de la escalera que lleva a las oficinas, cuando el cristal cincuentero en forma de ameba de la fachada superior fue sustituido por otro corriente en el lateral hacia el parqueo, cuando desaparecieron las cabinas telefónicas del piso superior, cuando desaparecieron los inodoros infantiles que eran mi encanto de niña y le protestaba a mi mamá por no tener uno en la casa; cuando desapareció el bar-cafetería anexo (al que jamás entré por no tener edad) y reapareció mucho tiempo después como sala se video, o cuando se abrió allí mismo un alquiler de videos VHS (creo que todavía existe).

Esperar por los créditos completos, ya con las luces encendidas, me permitió ver el deterioro de la moqueta y el lunetario, y me permitió ver una pareja de murciélagos inquietos ante la claridad repentina.  No, no estaba sucio, quiero decir, sucio de basura de esa que dejan los visitantes desaprensivos, porque el polvo ha hecho de mi cine su hogar.  Al baño no he vuelto a entrar en años, aquellos baños iluminados y limpios ya estaban como cualquier baño público de la ciudad.

Derrotada por la película y por la visión que acabo de describirles, de regreso comentaba con mi marido que no hace mucho había visto al Acapulco en una lista de los diez cines más importantes?, singulares? del mundo, no recuerdo por qué era la lista, pero salvo en época de Festival de Cine o de algún estreno puntual, el Acapulco languidece, en espera de tiempos ni mejores ni peores, pero definitivamente, otros.

 

 

Virgilismos

He estado leyendo mucho a Virgilio Piñera en este año de su centenario, y hasta he escrito un par de trabajos sobre él. Pero Virgilio “se hubiera dado banquete” con el absurdo nacional. Tenemos atisbos a través de bolas y chismes, y también, a través de Granma, que a pesar de la selección con pinzas de sus trabajos y de las cartas que reciben, nos ha regalado este cuento Virgiliano que adorna la sección de Cartas a la Dirección del pasado viernes.

Siguen los desconocidos inscritos en mi casa

Ante todo, mi sincero agradecimiento por haber publicado mi carta el pasado 3 de agosto del 2012. En esa carta denunciaba mi situación al tener inscritos en mi casa a dos personas que nunca han vivido en mi casa, al tiempo que aparecen como “transitorias” en casa de su madre, con la cual han vivido desde su nacimiento.

A raíz de la publicación de mi carta. Inspectores del Minint comprobaron la veracidad de mi reclamo, pero nada ha pasado. La Fiscalía después de manifestar que estoy en un “limbo legal”, me ha dejado sumido en el mismo.

La orden que tiene el CIRP –Carné de Identidad—de que solo da baja a petición voluntaria y expresa de la persona involucrada, equivale a mi juicio, a plantear que los ladrones solo serán apresados si se presentan voluntariamente en las unidades de la PNR. Cuando una persona actúa de mala fe, como es el caso de los inscritos en mi casa, desde luego que no van a darse baja de manera espontánea.

Es realmente inconcebible que un caso tan sencillo y evidente no haya encontrado solución después de dos años de gestiones a todos los niveles.

A. Marín Rodríguez

Luego de cosas así, y como un homenaje, podríamos reformular eso que dicen de, Si Kafka hubiera sido cubano, habría escrito costumbrismo, y decir: Si Kafka hubiera sido cubano, habría escrito Virgilismos.

 

Crónica fuera de foco

 

foto tomada de internet

El Noticiero ICAIC latinoamericano va a ser recuperado. Si no entendí mal, se considera patrimonio documental de las noticias de Cuba y del mundo por la UNESCO y será tratado con todas las maravillas tecnológicas que reviven esos viejos audiovisuales casi casi para la eternidad.

Había una vez que ir al cine era importante, cuando revisaba la prensa para cazar las novedades de los circuitos de estreno: Infanta-Acapulco-Lido-Santa Catalina; Payret-Trianon-Ambassador-Alameda, ¿se acuerdan? Se me escapa la musiquita del circuito del Metropolitan, he borrado en qué circuito estaba el Yara, al que hasta hoy le sigo diciendo Radiocentro.

Pero ya fuera una película de estreno, o de segunda en cines de barrio, el programa tenía el infaltable Noticiero ICAIC de la semana. Los recuerdo agradecida de una visualidad diferente, con una música que sonaba maravillosa a mi ávido oído. Pello el Afrokán puede haber compartido banda sonora con Rick Wakeman, la Bourke con Aretha Franklin, Hendrix con Tata Guines. Esa gente estaba “alante”, ¡Si hasta usaban jeans!, que no me lo contó nadie, que yo estudiaba muy cerca del ICAIC y me iba por las tardes a merendar a lo que quedaba de la soda del TenCent de 23, frente por frente al edificio Atlantic, la sede del instituto de cine. Aquellos dioses de melena (para los estándares de la época) merendaban allí también y yo me deslumbré alternativamente con Adriano, con Tito y con Livio. Hermosos e imposibles con sus nombres regios y su “suin”.

Eran los años de oro del noticiero, donde Santiago Álvarez hizo y dejó hacer, y los domingos siempre iba al cine y esperaba el noticiero con el gusto de la noticia (mal que arrastro) y sin saberlo, pero intuyéndolo, por el resultado de un producto donde el azar concurrente de talento creaba una joyita artística cada semana.

Repasaban lo más importante ocurrido en el mundo, pero sobre todo, documentaban esos años en Cuba. Desfiles, el más reciente plan, el secuestro de aviones (les llamaban desvíos cuando se pusieron de moda de allá para acá), todo con la inconfundible voz de Julio Batista como marca corporativa. Cuando los cubanos en el cine vieron un Jumbo por primera vez en su vida, gracias al blanco y negro del Noticiero ICAIC, ya yo había ido colgada con mis hermanos hasta el aeropuerto, y desde la terraza del edificio original de Boyeros, el cabezón imponente de aquel gigante “desviado” me pareció el símbolo de la modernidad; en fin, que como crónica de lo pasado, de esa parte heroica en que me sentí vivir esos años, existe también un sentimiento de pérdida, patente en el testimonio que ahora será masterizado, digitalizado y demás ternuras tecnológicas: el testimonio de la caña que cortamos, de las bolsas de tierra que llenamos, del café que recogimos, de los himnos que coreamos, de los fusiles que empuñamos, de la unívoca ropa gris con la que todos creíamos encaminarnos hacia un mismo y perfecto lugar.


 

Tropiezos

Conocido realizador, exitoso con la saga underground de Nicanor y con numerosos trabajos como guionista, Eduardo del Llano había encendido expectativas con su primer largo de ficción. Al preestreno le puso pimienta la noticia del que la cinta no había sido admitida al concurso en el Festival de Cine de la Habana.  Especulé con las imbricaciones de la trama renacentista en la actualidad como razón para ser vetada en el festival.  La frase no se engañen, mi película está buenísima, leída en el blog de Del Llano no hizo sino espolear mi curiosidad.

Mi curiosidad, casualmente, fue satisfecha el día que leí sobre la respuesta de Eduardo del Llano a una crítica de Orlando Luis Pardo.  Busqué la crítica, busqué la contra-crítica, y así híper crítica como iba, me dispuse a ver Vinci.

Al pasar los créditos, me quedé sentada: ¿el arte se eleva por encima de las miserias humanas y eleva a los demás?, ¿los artistas son más listos que la mayoría?, ¿no importa que al artista lo ninguneen en su momento, luego llega la posteridad?, ¿a pesar de la represión, el arte eleva a su creador y lo hace libre? ¿los represores nunca entienden al artista ni a su obra?  Estas  pudieron ser las intenciones del director de Vinci; tal vez solo quiso dejar patente su rechazo a la homofobia al contar una anécdota  del joven Leonardo, o cualquier otra que escapa a mi torpeza de cinéfila sin diploma para la crítica.  Cualquiera que haya sido la intención del realizador: los diálogos, las actuaciones (salvo el personaje del asesino),  la falta de acción dentro de una locación cerrada, la banda sonora con música incluida; casi todo lo que aprecié, me conduce a la palabra fracaso. Hasta aquí el primer tropezón.

Eduardo del Llano decide responder con artillería gruesa a la crítica de  Orlando Luis Pardo Lazo.  A mí tampoco me hubiera gustado la crítica de Orlando de ser Eduardo.  Pero luego de ponerme colorado y verde, tragar en seco y tomar un diazepam para dormir esa noche, tendría que agradecer como creador que existan personas que vean más allá de lo que nosotros vimos, que señalen defectos donde solo imaginamos virtudes, porque el artista sin crítica es como una planta sin agua, si se me permite la imagen algo exagerada y  kitsch.

Apelar a alusiones personales que nada tienen que ver con el texto de Pardo; ni mejoran a Vinci,  ni hacen quedar bien a Del Llano.  Cuando la obra se hace pública, una parte de ella deja de pertenecer a su creador. Eduardo del Llano debería sacar lecciones de este incidente, no hacer de él un tercer tropiezo.

 

Libros, lecturas

A propósito de la Feria del Libro, me he dado cuenta de que muchos blogueros somos lectores de larga data. Yo empecé a los cuatro años y no he parado. Ni los juegos de computadora, ni las series de televisión me han quitado el gusto de un libro. Se me hace la boca agua con esos lectores electrónicos que la pantalla no se hace invisible bajo la claridad del sol, porque tengo un montón de libros en formato digital, y me fastidia bastante leer en la pc; estar horas sentada casi en la misma postura, pero no queda más remedio.

También tengo un cuartico lleno de libros de piso a techo, (mi marido es escritor) y eso que hemos hecho sucesivas donaciones y en una época vendimos lo mejor de nuestra biblioteca –muy mal vendido por cierto– para comer. Pero sentarme con un libro cuando la casa está tranquila, me encanta. Ahora mismo estoy con El paraíso en la otra esquina de Vargas Llosa. No se fijen en el pedigrí del Nobel; leo de todo y he leído mucho libro olvidable. En la infancia heredé de mis hermanos unos libros anaranjados de tapa dura de la editorial Billiken, mis padres me regalaban por cualquier motivo, un libro. Salgari, Verne, Memorias del Club Pickwick, La expedición de la Kon Tiki, Mujercitas, Tom Sawyer, Un paseo por la casa.

Me inscribí en la sala juvenil de la Biblioteca Nacional y todas las semanas sacaba un libro. Estaba en la primaria y yo solita iba de ida y vuelta en la desaparecida ruta 119, sin la sobreprotección paterna que se ve ahora. Alterné Corín Tellado y Clark Carrados con Los Miserables y Anna Karenina en las vacaciones escolares en que terminé la primaria. Durante la secundaria me dio por Agatha Christie, Conan Doyle y Poe, y aquellas ediciones Dragón con su formato largo y estrecho que devoré. Por esa época leí A sangre fría, Cien años… y ¡Rayuela!, que no entendí para nada.

Pero hay libros que por razones diversas son inolvidables. Una novela de ciencia ficción de la época soviética llamada El país de espuma me encantó, tanto, que cuando visité El Ermitage traté de hacerme entender sin éxito para llegar hasta la talla que da origen a la trama de la novela. No he querido leerla de nuevo, porque fue una lectura de juventud a la que quizás ahora le encontraría un montón de defectos. Los tres mosqueteros, que me trajeron los Reyes en 1966, una edición preciosa empastada y grande con ilustraciones en blanco y negro. De joven me caían en préstamo y para leer contra reloj títulos como El Padrino, Chacal, Papillon, pero la literatura clásica estaba en los libreros de mi casa, y entre bestseller y bestseller, mejoré mis lecturas.

A la poesía llegué tarde pero fue bueno para mí porque me permitió “digerirla”, lo que hago es que intercalo entre un bloque de narrativa, algo de poesía. Casarme con un escritor también resultó una ventaja. Nuestro castigo es un hijo que apenas lee.

Luego de tanto hedonismo, les digo los diez libros que me llevaría a una isla desierta.

Los tres mosqueteros-La isla misteriosa-El rojo y el negro-Conversación en la Catedral-El sonido y la furia-El tambor de hojalata-Poesía Completa de Vallejo-Mil y una noches-Decadencia y caída de casi todo el mundo-La guerra y la paz.

Y seguro en la isla lamento alguno que olvidé.


Scarface, as time goes by

Con casi 29 años de retraso, he visto en una excelente copia, Scarface de Brian De Palma. Una película de la que tanto escuché hablar a media voz, una película que imaginaba tan, pero tan anticastrista que por ello permanecía dormida en las bóvedas del ICAIC o la Escuela de cine de San Antonio de los Baños sin estreno en las salas de cine.

Pero encontré otra cosa. Una peli donde Cuba y Castro son apenas referentes de inicio, una peli que debe haber sentado muy mal en Miami, con ese sobrevidas de Montana como zar de la droga. Pero en Cuba, ¿Por qué no la han puesto?, ¿Pacatería criolla?, ¿Acaso por el famoso discurso no los queremos, no los necesitamos?, ¿Por las imágenes del Mariel?, ¿Todo mezclado?

A Pacino, lo encontré requete-sobreactuado. El guión tampoco me pareció muy orgánico. Me reconcilio con un ciego que baile tango de modo tan maravilloso en Perfume de Mujer; Me reconcilio con el De Palma del einsensteniano cochecito en Los Intocables. Scarface se me quedó corta, envejecida, fallida, una curiosidad; pero en Cuba, ¿Por qué no la han puesto?

País de píxeles

Qué gusto ver esta exposición fotográfica. Seleccioné las que más me gustaron, no tengo por qué coincidir con el jurado. Fue difícil quedarme con 10. Algunas me gustaron por su belleza, otras, por la polisemia de la imagen. Los autores me tendrán que perdonar, pero me dieron todas las fotos juntas, por eso van sin leyenda.

Y otra cosa. Muchas personas y muchas caras nuevas.

para ver en http://vocescubanas.com/cubafotosocial

 

Mi disco del año

Texto aparecido en Diario de Cuba en la sección Lo mejor de tu año, bajo la pregunta: ¿Qué libro, filme o música le brindó mejor compañía este año?

Porno para Ricardo es una desenfadada banda de punk rock que trata de hacer lo suyo desde Cuba. Me caen muy bien, pero no me gusta el punk. Lo mío anda por el progresivo, por lo que voy a convencerlos para escuchar a Dream Theater, banda a la que le faltará fama pero le sobra reconocimiento entre los “entendidos”, entre los que no estoy, claro, pero gracias a mi hijo, esos virtuosos entraron en mi vida; es raro el día que no los escucho y descubro algo que se me había escapado. Ahora disfruto de A dramatic turn of events, un título que alude sin dudas, entre la serie de acontecimientos dramáticos, a la salida de la banda de su baterista fundador y líder; salida que estuvo rodeada de numerosas especulaciones sobre el futuro de DT, y ahora con el disco, imagino a los fieles divididos a favor o en contra. A mí el disco me parece excelente, quizás menos trepidante que otros, pero las baladas están entre las mejores del grupo, y el penúltimo corte, Breaking all illusions, descomunal, una montaña rusa de más de doce minutos, con mesetas para recuperar el aliento (las piezas de ellos son muy largas: mi favorita, Six degrees of inner turbulence, del disco del mismo nombre, dura 42 minutos). Para normalizar el pulso, nos sorprende Beneath the surface, un tema acústico, absolutamente hermoso. El disco lo recomiendo en su totalidad, con la recomendación adicional de no hacerse una opinión en su primera escucha. Ya para la tercera audición, prepare su trago favorito y el disfrute será doble.

En fin, quería escribir sobre Porno para Ricardo, pero me salió espuma. Ellos me entienden. Nos hemos reconocido en el Teatro de los Sueños.