Esta semana de comicios en Venezuela mi única fuente de noticias fue Telesur y la prensa cubana. El villano Capriles con llamados a la violencia, las víctimas exclusivamente chavistas, (pero solo hablan de un carpintero, no hay más nombres ni datos), Maduro con denuncias de golpe de estado y atentados. No dudo que la situación en Venezuela sea en este momento extremadamente volátil, pero los analistas que vi eluden el hecho de que Maduro es el presidente electo por la mitad de los votantes, han olvidado la cobertura que dieron en las elecciones mexicanas al circo que López Obrador armó –y pudo armar—en la plaza del Zócalo al no reconocer la victoria de Calderón. Los analistas tampoco comentan la actitud cuasi dictatorial del recién electo Maduro respecto a las protestas organizadas por la oposición: –No lo voy a permitir!– Nadie me lo contó, lo vi por Telesur en directo, como si la mitad contraria no existiera, pero sobre todo, como si la democracia no existiera ya en Venezuela. Seguir el proceso venezolano confirma mi idea de lo necesario de estar informado, de lo subversiva que resulta la información y de que el gobierno cubano tratará de retener su control mientras le sea posible, por lo que quiero poner en evidencia esa manipulación de un Derecho Humano de esos recogidos en una carta internacional y que se discuten en Ginebra con la asistencia de una delegación oficial.
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La credibilidad
No es tema de mi blog tratar asuntos de otros países, pero el destino de Venezuela se encuentra tan imbricado con el nuestro, que me detengo. Años de aprender granmática enseñan que si existiera una sola imagen publicable del presidente venezolano, ya habría sido publicada, sobre todo, luego de la oportunidad que sirvió El País. Chávez se muere de las complicaciones derivadas de su enfermedad, no hay que ser médico para saber que las metástasis no remiten. Los que gobiernan en su nombre lo han manipulado sin vergüenza para alzarlo como Jesús y ser los apóstoles. Y yo me pregunto cómo se sentirán los venezolanos, incluidos los seguidores que tiene el presidente, cuando se constate la farsa de recuperación en la que se ha jugado con el sentimiento del pueblo; su propia familia, con el doble dolor de la pérdida inminente y la manipulación. No me parece que esta feria a sus expensas, sea lo que él hubiera querido. No me lo parece sobre todo del último Chávez, mucho más sensible por la conciencia de su gravedad.
El presidente gobernó en mayoría y ganó sus elecciones. Pero la validación política de los actuales “hombres duros” de Venezuela es endeble. Cuando llegue el momento, ¿qué credibilidad le quedará a Nicolás Maduro, a Elías Jaua, a Diosdado Cabello? Eso, de cara a la población, puede ser muy grave. Porque fueron ellos, no un médico, no un familiar, los que dieron noticias alentadoras, mientras en La Habana se asistía al enfermo en fase terminal. ¿Confiará el pueblo venezolano en estos funcionarios que mantuvieron en secreto la real condición de su presidente? Es tan innegable el descrédito que he llegado en la conspiranoia a elucubrar si no será una movida para sacarlos del juego y dar espacio a otras figuras menos visibles (pero más oportunas) del chavismo, y todo eso, sin parecerlo.
Se alegará la Razón de Estado, pero la fisura está ahí. Algo me ha quedado claro en estos dos meses de ausencia de Chávez: por mucho que lo invoquen, ninguno de sus acólitos es Chávez.
Delegados, Diputados, votantes
Los partidarios del proceso electoral cubano a menudo mencionan los millones de dólares de la campaña electoral de Estados Unidos como la justificación para no permitir cualquier tipo de campaña o recaudación de fondos. Pero eso tampoco es cierto. La televisión, la radio y la prensa escrita, todos los días hablan de “los candidatos de la Patria”, de cómo votar en sendas boletas diferenciadas por el color; la foto de los susodichos con una síntesis de su trayectoria de vida –sobre todo de vida política– está visible en los principales establecimientos de cada zona de la ciudad. Los futuros diputados viajan a la zona que representarán –señal inequívoca de que no viven en ella–, visitan centros laborales, científicos, educacionales y culturales, y si el lugareño tiene suerte, los verá por primera y única vez. Todo el aparato centralizado de propaganda en función de la campaña electoral cuesta dinero, yo diría que cuesta mucho dinero, dinero que sale de los contribuyentes, esa masa amorfa llamada nuestro pueblo trabajador al que no se dan detalles de cómo se utiliza su contribución.
Se establecen los colegios especiales, los ubicados en las terminales de transporte, por ejemplo. ¿Acaso se vota allí por los candidatos que me representarán? No, se vota por los de la zona donde esté enclavado el colegio. Nada más demagógico, aunque tenga una función sicológica subsidiaria, ¿o será al revés?
En el afán de establecer un sistema electoral opuesto al burgués, los candidatos no proponen un programa. Prometen ser tremendamente leales a la Revolución, pero casi siempre resultan tremendamente ineptos para la gestión por la que serán votados. Las elecciones se han convertido en una pantomima a la que los ciudadanos concurren sin valorar el acto, con esa mezcla de miedo e indolencia convertida en filosofía popular de que “esto no hay quien lo arregle, pero tampoco quien lo tumbe”.
En otras oportunidades me he referido a que no se elige, sino que se aprueba, a la misteriosa comisión de candidatura, a la candidatura cerrada, a ese porciento de inclusión de mujeres, jóvenes, negros, y más recientemente religiosos y homosexuales, para dar una idea de diversidad, artificial e irrespetuosa con las minorías que son las primeras que no se sienten representadas.
Nos han querido hacer creer que no existe el político pagado, que nuestros legisladores no reciben salario por su trabajo cívico, pero todo el que se convierte en “cuadro profesional” no vive del aire: no solo conserva su salario anterior, sino que accede a la dieta de viaje, al carro y su cuota de gasolina, a las vacaciones en moneda nacional y otros detalles que en Cuba son prebendas y permiten dar un salto en el nivel de vida.
Reunirse dos veces al año y pretender en tres días resolver los problemas de este país que acumula problemas de una legislatura en otra, es imposible. Por muy burgués que parezca, el funcionario profesional tiene que ser eficaz porque si no cumple con las exigencias de sus votantes, puede ser destituido y hasta procesado.
La ineficiencia del Poder Popular, a veintisiete años de existencia, impone su revisión o desactivación.
La pequeña ilusión
Sin el olfato de su hermano para aprovechar cualquier circunstancia y dejarse mimar por la prensa dócil, el presidente Raúl Castro es hombre de gabinete, no dado a robar cámara. Pero al parecer, nadie le susurró al oído que en el caso de Sandy, había que acudir con prisa y sin pausa al Oriente cubano, y debían quedar en privado las visitas luctuosas, puesto que la prioridad son los vivos, desvalidos en medio de tanta desolación. Quien se informe como una gran parte de los cubanos, a través del noticiero de televisión, habrá notado que recibió más tiempo en pantalla la visita del General-Presidente a los cementerios de Santa Ifigenia y el Segundo Frente, que su paso por el barrio de San Pedrito o el Parque Céspedes en Santiago de Cuba. Acostumbrados a medio siglo de ubicuidad fidélica, los comentarios por la demora presidencial, y las comparaciones entre los hermanos gobernantes, se escuchaban por la calle sin tener que afinar demasiado el oído.
Sin afinar el oído tampoco, se percibe que las elecciones en Estados Unidos despertaron mayor interés que las propias. Las venezolanas fueron seguidas casi como una final Madrid-Barca; algunos por el temor de volver a los apagones, otros por la curiosidad de que a Chávez le saliera un contrincante que lo sofocó, otros, por soñar que Capriles se ceñiría la banda presidencial; muchos, por notar que la democracia en Venezuela es diferente a “la democracia que defendemos”. Y no es que las elecciones norteamericanas generaran interés extraordinario, pero es que las cubanas habrían transcurrido en un bostezo de no ser por el inclemente Sandy.
De vuelta con la contienda Obama–Romney; contagiada por los analistas de esquina, creo que el demócrata, ya en su segundo mandato, podría poner en zugzguang a nuestro gobierno con el levantamiento del Embargo y de la Ley de Ajuste, y la propuesta de normalización de las relaciones. Pero, en todo caso, Cuba no será una prioridad, y no debemos esperar que otro resuelva nuestros problemas si no somos capaces de resolverlos por nosotros mismos. Hablando como los locos, la denuncia del Minrex contra la injerencia en asuntos internos de la Sección de Intereses norteamericanos, podría ser una cuerda para tensar las ¿relaciones? de ambos gobiernos, no vaya a ser que a Obama se le ablande el corazón y decida levantar el Embargo, que tanto ha servido para justificar la ineficiencia y la mala administración,
No me gusta el sistema electoral norteamericano, no me gusta que en la práctica las elecciones se diriman entre dos partidos, ni me gusta el complicado sistema de votos compromisarios, pero la ilusión de votar por el presidente, en nuestro caso es una ilusión literal, porque entre comisiones de candidatura que el ciudadano desconoce cómo ni quién las elige, solo queda revisar la prensa luego de las elecciones para ver las cabecitas de los designados en virtud de una candidatura cerrada y una presidencia sabida de antemano. Si acaso, saber si fulano fue electo con tal o cual porciento…, si acaso.
Dejo diferida la ilusión de creer que mi voto cuenta, porque estoy segura de que en el futuro, para elegir a mi presidente, contará.
¿Qué hacer con los ni-ni?
En la saga de nuestra dependencia nacional, Venezuela viene a ser el más reciente capítulo (y esperemos que el último). Por esa razón es que sigo con el mayor interés la campaña presidencial venezolana. Ambos candidatos se afanan por atraer el voto de los “ni-ni”, ese sector que no está ni con Chávez ni con Capriles.
La palabrita está simpática y queda bien para definir también a una ancha franja social en Cuba, limbo electoral entre el “cielo gubernamental” y el “infierno opositor”. Definitivamente un amplio sector de la población no simpatiza con el gobierno, pero tampoco se muestra animado a apoyar un cambio proveniente de la disidencia. Esta última ha estado siempre en desventaja pues el gobierno utiliza la represión y el descrédito en los medios de difusión como baza para lograr miedo y/o rechazo hacia los opositores y sus proyectos. Nuestros ni-ni manifiestan que ningún político vale la pena, sea dirigente o disidente, porque unos no quieren soltar el poder y los otros lo desean para quedarse con él.
Esa actitud beneficia al gobierno, porque además del mito de que a la hora del voto la boleta tiene una marca secreta y de que hay cámaras estratégicas, pesa la desidia de que un voto no cambia nada y la convicción de que se puede saber cuál es el conteo de votos del colegio electoral pero de esa instancia en adelante la única información serán las cifras que ofrezca el gobierno (mediante las comisiones electorales), todo lo cual hace muy difícil inclinar a los ni-ni en dirección contraria.
Sin aparato de “Opinión del Pueblo”, solo con mi atenta mirada, puedo asegurar que la insatisfacción y el desencanto van en aumento; la crisis económica nacional ha puesto de manifiesto las profundas diferencias sociales dentro de un proyecto que propugnó la igualdad, la pirámide social se halla de cabeza y la mayor insatisfacción de los trabajadores es ver que su salario no es suficiente para vivir el paraíso bello de la humanidad, a lo que ha venido a sumarse también sobre ellos la sombra del desempleo.
Al igual que en Venezuela, el éxito será del que consiga convencer la mayor cantidad de ni-nis. Lejos de cerrar el tema, les invito a ampliarlo con ideas y opiniones.
Libertad de expresión

Según los ideólogos del think tank Mesa Redonda, una de las falacias del capitalismo es la mal llamada libertad de expresión. Dicha falacia ha logrado engañar a sus ciudadanos. Hacer catarsis sin que te tomen en cuenta; hacer creer que insultar a los principales políticos del país es libertad de expresión; gritar en la calle o tratar de publicar algo “que no responde a la línea editorial del periódico”, donde detrás de dicha negativa tangencial están los círculos de poder, es la confirmación de un modo cada vez más solapado de censura que niega la verdadera libertad de expresión.
No se aclara, por lo que lo doy por sobreentendido que para los ideólogos, la verdadera libertad de expresión está en el Granma, sobre todo en el Granma de los viernes. Tampoco se aclaran cuáles serían las variantes nacionales a protestar en la calle o elaborar propuestas alternativas, utilizando los medios de difusión (aquí se puede aplicar textualmente el entrecomillado del párrafo anterior y lo que sigue).
Los ya mencionados ideólogos suavizan al afirmar que en todos los países y en todos los sistemas hay limitantes a la libertad de expresión, y les parece lógico que en el debate de ideas pueda surgir la mejor solución, sin embargo, una vez que se define el objetivo, solo es válido si es un objetivo común. Muy bonita forma de envolver en papel de regalo el conocido Centralismo Democrático. En una verdadera batalla de ideas, en el futuro político de Cuba, el único objetivo común debe ser el bien nacional. Para decidir el rumbo están las votaciones, que espero bien alejadas de la actual unanimidad.
Así que si de engaño se habla, no olvidar que prácticamente toda la población cubana activa, potencial actor político futuro, ha sido educada en la creencia de que un cambio siempre sería para peor, que un cambio retrotraería al país a la situación previa a 1959, que un cambio despojaría a los ciudadanos de bienes materiales y derechos sociales como la educación o la salud. ¿Puedo acaso con la libertad de expresión de que dispongo, cambiar dicha percepción? Prefiero entonces la ilusión de los ciudadanos de otros países a la falta de ilusión del ciudadano cubano.
George Lukas en La Habana
USAID, IRI, CIA, NED, CADAL, FNCA… son tantas…, me siento en medio de una conspiración de siglas, salpicada por las emanaciones del Lado Oscuro de la Fuerza. Cortesía de nuestros medios de comunicación. Mis vecinos sacarán un crucifijo al verme mientras algunas espadas láser se afilan.
¿Democracia postcastrista?
¿Un cambio nos traerá democracia? El cambio está en proceso, aunque haya quien no vea moverse una hoja, pero hacia dónde nos lleva ese cambio es la incógnita, y cuando veo a nuestro General-Presidente de visita por Vietnam, China y Rusia, siento un escalofrío involuntario.
A los asiáticos de socialistas solo les queda el nombre; mucho capitalismo rudo, allí nadie oye hablar de dictadura del proletariado; la dictadura es del partido único bien pragmático que le dice a sus ciudadanos: –Enriquécete si puedes, que yo me ocupo de la política–. Reprimen con bajo perfil a sus disidentes y todo el mundo contento.
Los rusos “se quitaron la careta” hace rato, pero como ellos están afanados en recuperar hegemonismo, le llevan la contraria a los Estados Unidos, y, es lugar común, los enemigos de mis enemigos, son mis amigos. O mis aliados, que a lo mejor no hay que exagerar.
Y mientras, ¿Qué pasa en casa? Es como en La Comedia Silente: el policía de Keystone vigila la puerta principal, y los ladrones se escabullen con el botín por el fondo. Aquí Marino Murillo con su economía de podar el bonsái del trabajo privado para que no crezca, mientras los gerentes, directores y toda esa fauna diversa arrima la sardina para el día después, y los más impacientes, para el ahora mismo, pero lejos.
“Nuestro pueblo trabajador” como le encanta decir a la propaganda oficial, está condicionado por la manipulación informativa. Se le ha inculcado el miedo a un cambio en el que siempre su situación empeora. En estos días en que he viajado en ómnibus, en almendrones, que he pedido botella; que he conversado con médicos, enfermeros, técnicos, enfermos, acompañantes, vendedores legales e ilegales; he palpado el agotamiento ante una situación de excepción que para la mayoría es toda su vida, pero también he palpado una cautela rayana en miedo para señalar responsables o para verbalizar el deseo de un cambio. Nadie tuvo lo que antes se conocía como “una actitud combativa”, ni siquiera tropecé con algún creyente de las reformas raulistas, de esos que con el entusiasmo del primer día afirman que ahora sí.
Pareciera que me alejo del tema de la democracia, pero la democracia no se crea por generación espontánea. Personas que no serán capaces de hacer suya una demanda social espontánea, personas que creerán estéril cualquier movilización, personas que se sienten dispuestas a quebrantar la ley por ventajas económicas pero no por mejoras políticas. No me gusta, pero es lo que veo. Por eso, el reducto de valores que pueda existir en la familia, en la sociedad civil, en ciertos centros de enseñanza o de trabajo está en franca desventaja con esa moral de supervivencia más propia de la postguerra que de la construcción de una sociedad mejor.
Regreso a mi preocupación inicial. A la china o a la rusa, habrá cambio, pero no democracia. Aunque siempre existe el imponderable.
Emigración económica
Tanto se ha hablado en los últimos tiempos de los cubanos establecidos en el extranjero, que el oído se me acostumbró a la palabra emigrados. Emigrados económicos concretamente se ha dicho y escrito una y otra vez para referirse a los cubanos que abandonaron el país, sobre todo con la crisis que conocemos en Cuba como Período Especial. Aunque sea cierto, no es todo. Los que hoy manejan el término con tal soltura lo divorcian de la causa por la que hasta en países como Haití o Namibia los cubanos han echado raíces. De haber sido un país con colonia hispana, china, “polaca” (genérico de judíos) y otras más pequeñas, la afluencia de extranjeros no solo se detuvo, sino que fueron los cubanos los que iniciaron una desbandada por el mundo que no ha parado. Eso sería impensable de existir todas las oportunidades para el desarrollo profesional, o personal, o ambos.
Las causas siempre remiten a la política; en Cuba, la política es la que ha impuesto los límites a la economía en una disrupción del orden lógico. Por eso, aunque se pretenda desideologizar el motivo, la emigración cubana es política.
¿Político o patriota?

El discurso oficial ha “educado” al ciudadano en el carácter patológico del pensamiento independiente, en especial el ideológico. Durante medio siglo los cubanos hemos recibido sobre el tema un mensaje excluyente, lleno de lugares comunes, generalizaciones y situaciones fuera de contexto, además de una maltratada enseñanza de la Historia. Parece más saludable (recuerden que hablé de patología) evitar el contacto con influencias perniciosas. Los espacios de la alteridad son abiertos, pero nimbados de malevolencia; en cambio los espacios oficiales tienen listas, solapines, derecho de admisión.
Cómo podemos revertir el daño social que se percibe en cualquier foro interactivo (pongo este ejemplo por ser el espacio en que las personas se manifiestan con mayor libertad en todos los sentidos, lo que no sucede en espacios reales.) al leer comentarios cargados de intransigencia ante una expresión que no “machea” con determinada manera de pensar? Extremos y odiosos en Cubadebate, pero en otros sitios de signo contrario también. ¿Por qué nuestra reacción primaria es gritar, manotear, descalificar, insultarnos?
Las leyes biológicas traerán la renovación del gobierno; y aquí siempre habrá un comentarista que pedirá cuentas. Esas cuentas, creo que las sacará la historia, no la justicia, y es bueno que así sea, para cortar la espiral de odio y resentimiento que nos han inculcado. Cuando eso suceda, necesitaremos la cultura del diálogo, donde las partes determinen quiénes serán sus voces; porque hay también una tendencia desde el poder de escoger a sus potenciales dialogantes. Despenalizar la discrepancia adquiere carácter de urgencia y es un llamado para todo el que prefiera ser recordado como patriota antes que como político.
Postdata: Tenía un archivo sobre la visita del Papa; informaciones que reuní de todo signo para hacer un trabajo. Decidí borrarlo. (el archivo, el trabajo no llegué a comenzarlo.)
