Vacaciones

Con el calor, mi opción de verano es sentarme frente al televisor, pero no frente a la programación veraniega que no me interesa, sino para decidir qué veo pues al fin tengo un televisor de esos que son medio inteligentes.

“24” con sus trepidantes temporadas ha sido el plato de acción. Y no es que uno no sepa luego de la tercera temporada que Jack Bauer salvará el mundo una vez más apenas con la ayuda de Chloe, pero no obstante terminará jodido; es que en ese pacto tácito, estoy dispuesta a creer en Súper Bauer si está bien contado.

También de acción, Duro de matar, ¿V, VII, XII? Bruce Willis, tío putativo de Bauer, hace lo suyo en un Moscú irreconocible para quien lo dejó en la URSS.

No todo es banal. Películas como La educación siberiana o El mapa en las nubes han puesto la nota dramática. El humor ligero ha venido de la mano de Familia Moderna; muchas gracias por no poner risa enlatada y con Breaking bad, excelente humor negro, lo mejor del verano. El martillo y las cosquillas, un documental canadiense sobre el humor en la URSS y Europa del Este me hizo reír y me hizo pensar en los calcos, y que la actual sequía de buenos chistes se debe en gran medida a que muchísimos de esos chistes eran adaptación criolla de originales de allá tú me ves, allá.

Pero lo mejor ha sido la llegada de Piura, la nueva perrita de la casa. Sata, lista, cariñosa, ya es la dueña de todos. Y como todos mis perros, recogida. Es un concepto raro de vacaciones pasarme el día limpiando orines y buena parte de la noche consolando a una cachorra que no le gusta la oscuridad, pero los perreros me entienden.

Eso han sido las vacaciones. Eso y un proyecto personal muy lindo que me ha tenido de cabeza. Les pongo el enlace para no hacer este posteo más largo, por si se motivan.

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Recado para Yadira

Me gustaría poder conversar con la cubanoamericana Yadira Escobar. La foto en su blog me indica que es joven, y la información que da de sí, que emigró muy pequeña. He leído cuánto le gustaría a Yadira regresar a Cuba y he leído además cuál es su Cuba soñada.

Yadira se declara amante de la libertad. Ni el colectivismo marxista ni el individualismo capitalista se avienen a su idea de lo que desean los cubanos; se equivoca sin embargo al incitar a nuestros académicos, universitarios y especialistas de todo tipo a poner en hora su reloj para definir el camino nacional. Le aseguro a la joven Yadira que hay una intelectualidad desde muchas partes y desde muchas tendencias pensando a Cuba, solo que su huella no siempre se puede encontrar en los medios oficiales, hay que buscarla también en sitios alternativos, y en varios casos, es hostigada, silenciada y demonizada. El anhelo de que esta joven se hace eco debería ser presencia permanente en los medios de difusión y en cuanto espacio de pensamiento y debate exista o quiera surgir en nuestro país, no solo virtual sino físico también.

No sé qué optimismo que escapa a mi comprensión le hace pensar a Yadira que el nacionalismo podría conciliar. Según lo veo, la sobredosis de nacionalismo mal digerido ha sido fuente de ruptura social y nos dividió en comunistas o apátridas, integrados o apáticos, de derecha o de izquierda, revolucionarios o gusanos y otras comparaciones siempre antagónicas. Es el nacionalismo una de las bazas que ha usado la propaganda del gobierno cubano para tratar de convencer al mundo de que todo pensamiento diferente al oficial, es antipatriótico. La patria es otra cosa, es algo intangible que va con uno y se manifiesta en cada cual de forma distinta, es una emoción y es a veces un olor, y es, sobre todo, una taxonomía imposible.

En efecto, un alto por ciento de la población votó por un socialismo eterno. Yo que veo cómo la gente vota y luego se justifica, que conozco la forma en que se controla desde el sistema electoral hasta las decisiones personales –íntimas incluso- me permito dudar de la sinceridad de las cifras y de la sinceridad de los votantes.

No puedo dejar de comentar la visión de Yadira sobre la tragedia del trasbordador 13 de marzo. Muy pequeña era ella cuando los terribles sucesos, pero con un poco de información sobre aquella fatídica noche, nadie podría hablar de accidente. Un accidente implica una acción involuntaria; Yadira parece desconocer la versión de los sobrevivientes, en cambio acepta como válida la versión que se diera en el periódico Granma. Los niños ahogados NO cayeron del barco como en el poco feliz símil que utiliza. El barco fue embestido; con poderosos chorros de agua fue inundado y se fue a pique, los detalles del horror los dejo a su indagación. Tal acto no puede ser calificado más que de criminal. Ante eso, la responsabilidad de los adultos de someter a menores a un viaje riesgoso queda completamente relegada.

Vivir en Cuba me da un poco más de visión del país. La gente no huye por el rigor del Embargo, la gente huye porque la economía ruinosa no permite oportunidades de prosperidad, porque a 55 años de gobierno se sigue hablando de experimentos económicos. En la mala administración, la corrupción y el despilfarro, el efecto del Embargo ha sido mínimo. Invito a Yadira a observar que en los lineamientos de la política económica trazados en el último congreso del Partido, no aparecen las palabras embargo o bloqueo. Y si la motivación de abandonar el país a primera vista parece económica, las decisiones políticas nos han puesto donde estamos.

Si la soberanía popular fuera sagrada, hace rato las etiquetas de cubanos de Cuba o cubanos de Miami habrían desaparecido; no me atrevo a imaginar cómo hubiéramos sido, pero estoy segura de que los cubanos que trabajen, gobiernen y opinen, y entre los que imagino estará también Yadira, serán capaces de hacerlo mejor que en los últimos 55 años. Y sin apelar a la generosa y desinteresada ayuda de ninguna potencia –que ya sabemos lo interesada que fue y las prebendas de que gozó en nombre de la soberanía–, porque la búsqueda de la democracia es un problema entre cubanos.

 

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De lo que no se habla

Mi marido tiene dengue. O chikunguya, que la diferencia solo se sabe luego de una prueba que demora. No hizo falta mandar a buscar a la Médico de la Familia porque andaba de casa en casa pesquisando personas con fiebre u otros síntomas sospechosos. La doctora, luego del reconocimiento físico y de hacerle una serie de preguntas, le rellenó un papel y lo remitió al Hospital Fajardo.

–No se preocupe, que para esto no tiene que hacer cola.

A las once y media Alcides se fue para el hospital con una de las hijas que llegó muy oportuna, me quedé en casa cocinando, cosa de que al regreso del hospital pudieran almorzar.

A las cuatro de la tarde, apareció mi hermano, y me llevó hasta el Fajardo. A esa hora todavía la doctora de guardia no había visto el resultado de las pruebas de urgencia. Alcides había tenido que hacer una larguísima espera, porque la cola de “los que no tienen que hacer cola” era mucho mayor que la de los que llegaban por otro motivo. Al fin le tocó el turno. Una joven médico guineana, con una paciencia envidiable atendía cada caso, rellenaba un montón de papeles y todavía le quedaba espíritu hipocrático para ser amable.

Firmé un papel para llevarme bajo mi responsabilidad a Alcides. La preocupación de las doctoras (la del hospital y la del consultorio del barrio) es el conteo de plaquetas muy bajo y los leucocitos muy altos, pero prefiero ir todos los días al policlínico a hacerle el análisis de seguimiento que dejarlo ingresado en el hospital. No me gustó nada el aspecto del Cuerpo de Guardia, desorganizado y falto de higiene, y no tengo razones para suponer que el resto del hospital estuviera diferente.

En la espera, los pacientes no paraban de quejarse. ¿Por qué si venían con una remisión de su consultorio tenían que repetir el mismo procedimiento con el médico de guardia en vez de pasar directamente al laboratorio? Nadie sabe explicar quién dio “la orientación”. Luego, solo había dos médicos y estaban desbordados. Los que faltan, deben estar en Barrio Adentro o en Más Médicos, que a eso de “Potencia Médica” hay que añadirle: “…de exportación”.

Tener un caso de dengue en la casa no es noticia. La lista de enfermos en las cuatro manzanas circundantes llena dos hojas de libreta escolar. –Y no se ha encontrado el foco–, me dice con preocupación mi doctora de la familia. Le comento: –no insistan tanto con el autofocal y que limpien el solar yermo de la esquina, y si no han encontrado el foco, ahí van a encontrar por todos los que hasta ahora no han aparecido.

Como la situación es creciente (yo hablaría de epidemia, pero las autoridades sanitarias parece que no han recibido “la orientación”), la prioridad es el foco. Ayer vinieron a fumigar y preguntaron por el autofocal (si tienes vasos espirituales, plantas en agua, bebedero de animales, depósitos de agua dentro de la casa, ya me sé de memoria la lista por lo que desde que los veo, la recito). Luego vino el supervisor a preguntar por el autofocal; después pasó el jefe del supervisor a preguntar por el autofocal.

Y al frondoso yermo de la esquina, ¿nadie le pregunta por el autofocal.

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Pobrecita yo que era poeta

…o lo creía, que es peor. De seguir me hubiera convertido en una “fina poeta de sentidos versos” como dice la crítica cuando no tiene nada mejor que decir. El sentido común y el gusto por escribir me han dejado aquí, donde me siento tan cómoda. Me encontré un amarillísimo papel pautado con este texto escrito en una Underwood luego de un interminable viaje en tren de Santa Clara a La Habana junto con un grupo de jóvenes que regresaban de un festival rockero. En cuanto a Frank Abel, ¿alguien sabe de Frank Abel?

HEAVY METAL
A Frank Abel Dopico
Los rockeros aman la nocturnidad de los trenes
entonces
los rockeros escapan de su casa
piden dinero en la estación
y se van a otra provincia
para imaginar cómo es irse de viaje.
En los parques
los rockeros son azules
hacen el amor y orinan en la soledad de los andenes
todo el placer lo encuentran en las manos estrábicas de Jimmy Page.
Tienen vocación de polizontes los rockeros
suben los decibeles
exorcismo de la percusión
es el tren y es Led Zeppelin
hay un silencio monacal en los rockeros
mesan su cabello y se acurrucan a llorar en una esquina del vagón.
No piensan en el siguiente día
aprietan las manos y besan el crucifijo.
Los dulces rockeros
ensayan con anfetaminas y demás complicaciones
para imaginar cómo es
irse de viaje.
(19 de junio 1990)

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Dale la vuelta

Un apartamento ordinario en una tranquila calle de un barrio habanero. Hay que tocar y solo entras si la recomendación que llevas es conocida de la casa. Luego no hay preámbulos, una muchacha te hace pasar a un cuarto del apartamento que ya no es cuarto sino un pequeño almacén organizado y bastante bien surtido tratándose de lo que se trata.
–¿Cuánto cuesta esta cartera?
–Bueno, no sé si le explicaron, pero yo no vendo, yo alquilo.
–¿…?
–Sí, mi licencia es de alquiler de ropa para fiestas. Usted lo que tiene que hacer es dejar el valor de la pieza en fondo. Pasados diez días, si usted no la devuelve, yo le doy de baja en mi inventario.
–¿Diez días, no?
Me voy con mi cartera y con una sonrisa. “Si no lo puedes saltar, dale la vuelta”.

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Postal de viaje (III)

Nuevitas es mi tercera y última parada de este raudo pero no veloz viaje. El trayecto Santiago-Nuevitas demora ocho horas, dos de ellas en el tramo de dieciséis kilómetros entre Manatí y Camalote. Mi viaje es el penúltimo antes de la suspensión de este itinerario hasta que reparen la carretera. Un pasajero a todas luces habitual sugiere hacer el recorrido por Guáimaro, pero el chofer le informa que por allí la carretera está peor. La noticia recorre el ómnibus, casi todos los viajeros se conocen y conocen a la tripulación, se oyen protestas, pero no hay nada que hacer.
Es un viaje monótono, una llanura copada por árboles –y fíjense que digo árboles—de marabú. Veo vacas, las únicas en todo el viaje; un ganado flaco, manchas beige contra el pasto verde.
Me sobrecoge el fantasma del central Argelia Libre, antiguo Manatí. Algunas estructuras desvencijadas y dos chimeneas dan testimonio. Crecí escuchando la frase “sin azúcar no hay país”, era algo tan sobreentendido que chocar con la ruina de la industria que nos diera el título de “la azucarera del mundo”, inevitablemente me lleva a pensar en quiénes recae la responsabilidad de un desastre de tales proporciones.
Nuevitas, puerto de mar… No logro distinguir el puerto, la fábrica de fertilizantes nitrogenados lanza un humo amarillento y amenaza lluvia. El nublado refresca, no hay árboles; Nuevitas es una ciudad industrial, irregular pero monótona. El “trencito” es el sustituto del ómnibus, un vagón abierto tirado por un tractor, coches de caballos y bicitaxis.
Un imprevisto resulta hasta simpático. Mi visita coincide con la citación policial a los abogados de la Asociación Jurídica Cubana. Un hombre con gorra y espejuelos oscuros nos tira fotos y le devuelvo el detalle, lo que le desconcierta, le hace cruzar la calle apresurado y se pierde de vista. Son casi las cuatro de la tarde y me muero por desayunar. El único restorán de la ciudad es Nuevimar, donde somos los únicos comensales asediados por una legión de moscas. El agua en el vaso se ve turbia y sabe mal. Se demoran en servir, tengo hambre pero como con aprensión. Me desquito luego en una dulcería particular con una variada oferta. La falta de café me tiene con dolor de cabeza.
Los abogados están muy apenados por el imprevisto policial; yo estoy exhausta, trasnochada, con más de diecinueve horas de viaje en menos de tres días; y todavía falta el viaje hasta La Habana y por mi falta de experiencia voy a pasar frío en la Yutong. Así, prefiero dormitar un poco en la estación de ómnibus y trenes hasta las siete de la noche en que sale la guagua.
Desde la ventanilla logro ver un pedacito de costa, no veo muelle ni barcos. Nuevitas me recuerda un poco a Cojímar, pero sin el encanto de Cojímar.
Llego a La Habana a las cinco de la mañana. Un botero me pide siete cuc por llevarme, me lo deja en tres cuando amenazo con buscarme otro taxi. A las cinco y media ya estoy en casa durmiendo.

 

 

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