Postal de viaje (III)

Nuevitas es mi tercera y última parada de este raudo pero no veloz viaje. El trayecto Santiago-Nuevitas demora ocho horas, dos de ellas en el tramo de dieciséis kilómetros entre Manatí y Camalote. Mi viaje es el penúltimo antes de la suspensión de este itinerario hasta que reparen la carretera. Un pasajero a todas luces habitual sugiere hacer el recorrido por Guáimaro, pero el chofer le informa que por allí la carretera está peor. La noticia recorre el ómnibus, casi todos los viajeros se conocen y conocen a la tripulación, se oyen protestas, pero no hay nada que hacer.
Es un viaje monótono, una llanura copada por árboles –y fíjense que digo árboles—de marabú. Veo vacas, las únicas en todo el viaje; un ganado flaco, manchas beige contra el pasto verde.
Me sobrecoge el fantasma del central Argelia Libre, antiguo Manatí. Algunas estructuras desvencijadas y dos chimeneas dan testimonio. Crecí escuchando la frase “sin azúcar no hay país”, era algo tan sobreentendido que chocar con la ruina de la industria que nos diera el título de “la azucarera del mundo”, inevitablemente me lleva a pensar en quiénes recae la responsabilidad de un desastre de tales proporciones.
Nuevitas, puerto de mar… No logro distinguir el puerto, la fábrica de fertilizantes nitrogenados lanza un humo amarillento y amenaza lluvia. El nublado refresca, no hay árboles; Nuevitas es una ciudad industrial, irregular pero monótona. El “trencito” es el sustituto del ómnibus, un vagón abierto tirado por un tractor, coches de caballos y bicitaxis.
Un imprevisto resulta hasta simpático. Mi visita coincide con la citación policial a los abogados de la Asociación Jurídica Cubana. Un hombre con gorra y espejuelos oscuros nos tira fotos y le devuelvo el detalle, lo que le desconcierta, le hace cruzar la calle apresurado y se pierde de vista. Son casi las cuatro de la tarde y me muero por desayunar. El único restorán de la ciudad es Nuevimar, donde somos los únicos comensales asediados por una legión de moscas. El agua en el vaso se ve turbia y sabe mal. Se demoran en servir, tengo hambre pero como con aprensión. Me desquito luego en una dulcería particular con una variada oferta. La falta de café me tiene con dolor de cabeza.
Los abogados están muy apenados por el imprevisto policial; yo estoy exhausta, trasnochada, con más de diecinueve horas de viaje en menos de tres días; y todavía falta el viaje hasta La Habana y por mi falta de experiencia voy a pasar frío en la Yutong. Así, prefiero dormitar un poco en la estación de ómnibus y trenes hasta las siete de la noche en que sale la guagua.
Desde la ventanilla logro ver un pedacito de costa, no veo muelle ni barcos. Nuevitas me recuerda un poco a Cojímar, pero sin el encanto de Cojímar.
Llego a La Habana a las cinco de la mañana. Un botero me pide siete cuc por llevarme, me lo deja en tres cuando amenazo con buscarme otro taxi. A las cinco y media ya estoy en casa durmiendo.

 

 

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Postal de viaje (II)

Cinco horas de viaje hasta Santiago de Cuba. Todavía es temprano pero ya hace calor. Santiago me gusta mucho. Enseguida se nota que es una ciudad con personalidad y pulso propios. La música se oye alta, las mujeres parecen usar una talla menor de la que necesitan, nadie está apurado, todo el mundo se conoce, o lo parece, por la familiaridad en el trato de la que no escapo.

Me pregunto si en algún momento en esta ciudad no se está subiendo o bajando, no descubro ni una calle que no sea inclinada. Converso con cualquiera, en Santiago eso es lo más fácil del mundo; la gente se queja de los precios, o del desabastecimiento como en todas partes, pero no alcanzan el nivel de crítica que veo en La Habana, aunque claro, mi visión es superficial.

Esta habanera calurosa busca cualquier pretexto para entrar en un local climatizado. Almuerzo en El Baluarte, un restorán con oferta en moneda nacional. Las raciones son breves, pero como mi última impresión de la gastronomía estatal habanera es horrenda, esta muestra no me parece tan mal. Sigo subiendo y bajando calles, le comento a mi anfitrión que Santiago es una ciudad que vive de espaldas al mar, y me da la razón, pero me lleva a un lugar conocido como El balcón de Velázquez, con una vista espectacular de la bahía.

Una singularidad del transporte alternativo en Santiago son las motos. No tienen licencia para alquilar, pero todo el mundo las usa y te llevan donde quieras. Converso con mi chofer que trajo su moto de la extinta RDA a donde fue a calificarse para trabajar en la textilera Celia Sánchez. Cuando cerraron la empresa, apeló a su moto y dice que hay que matarlo para decomisársela. Le pregunto sobre la cantidad de casas que veo en construcción. Casi todos son los damnificados del huracán Sandy, me dice, y no le comento, pero está claro que en la urgencia por construir se han pasado por alto los estándares técnicos, y esas placas delgaditas auguran problemas en el futuro. Recuerdo a mi primo Mayito Coyula con su observación de que cuando uno se va a operar siempre quiere al mejor cirujano y sin embargo construir una casa lo deja en manos del equivalente a camilleros.

La comida es en una “paladar” en la calle Enramada, los precios, como los de La Habana, y los clientes, todos extranjeros menos mi mesa. La mejor comida y la mejor atención de todo el viaje. Me voy de Santiago sin poder comerme un mango bizcochuelo.

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Postal de viaje (I)

Al igual que Silvio pienso que la gente está muy jodida; a diferencia suya, no me hizo falta tanto tiempo para darme cuenta, pero viajar fuera de La Habana permite tener una visión de primera mano.
La terminal doméstica del aeropuerto José Martí, está en el edificio original del aeropuerto. Luego de chequear el equipaje hay que subir por una escalera mecánica. –Casi siempre está rota– me dice un pasajero que viaja con regularidad. Arriba hay que hacer otra fila para pasar de cinco en cinco por una puertecita. Detrás está el control de rayos x y luego de seguir de largo por una zona de tiendas de suvenir cerradas a las cinco de la mañana y por una cafetería al fondo donde no se ve a nadie, se desemboca en un largo salón de espera. Ni el afiche de la paradisíaca playa Santa Lucía y otros dos más a los que hay que dar la espalda para sentarse, logran quitarme la impresión medio claustrofóbica que provoca aquel salón sin un cristal ni una ventana. Descubro otra cafetería bien diferente a la de la entrada, esta, en moneda nacional. Pan con mayonesa o mortadella o perro caliente (pero frío), refresco dispensado o enlatado, y café. Sigo de largo hasta el baño que, aunque limpio, huele a sucio.
Regreso al salón y para no pensar en aquel lugar tan feo, por suerte hay varios televisores. Me concentro en un programa de Animal Planet hasta que anuncian mi vuelo.
Otra colita detrás de una media pared de pladur frente a una puerta que se abre, pero la empleada todavía nos hace esperar quince minutos hasta que avanzamos; hay que bajar una escalera, al final de la que chequean el pase a bordo y al fin camino por la pista hasta el avión.
Un viaje sin contratiempos y el aeropuerto de Holguín, mucho más agradable que el de La Habana. A la salida del edificio somos acosados por muchos choferes, todos dispuestos a “luchar” pasajeros hasta la ciudad. Tanta oferta permite regatear el precio.
He escuchado tanto hablar de Holguín como “la ciudad de los parques” que doy por sentado por el nombre que el reparto Ciudad Jardín es un vergel. Error. Es un suburbio de casitas hechas con esfuerzo propio y con los recursos que cada quien pudo. Las hay mejores y peores, pero los arquitectos no pasaron por allí; no hay aceras, bueno, apenas hay calles y no hay árboles; eso explica que hombres y mujeres se protejan del sol con sombrillas.
El transporte urbano no me parece malo, también abundan los bicitaxis y los carretones tirados por caballos. Los “almendrones”, a diferencia de La Habana, son prohibitivos.
El centro es más amigable, están los parques que dan sobrenombre a la ciudad, hay un bulevar con mucha vida, en un local destinado a trabajadores por cuenta propia descubro el reemplazo para la pieza que me tiene sin batidora hace meses. 180 pesos me piden por la pieza que le pregunto al vendedor si viene con batidora incluida.
En cambio, comer en un restorán climatizado y con una oferta decente, puede hacerse por mucho menos de lo que me hubiera costado la pieza de la batidora. Le pregunto a mi amiga holguinera si el satín se fabrica por allá, porque es la tela de referencia en la decoración. Para no faltar a ese detalle, en el restorán, satín rojo en los manteles y cortinas, y blanco con lazos rojos en los asientos. Luego de aquel decorado navideño, me sienta bien la cerveza que tomamos en La Caverna, un local homenaje a Los Beatles
La terminal de ómnibus interprovinciales es un local sucio y oscuro. Del altavoz sale un audio incomprensible. Sé que es el anuncio de mi viaje porque no hay otro a esa hora.
Holguín me había reservado esa fea sorpresa como despedida, prefiero quedarme con la buena impresión de toda la gente que tuve ocasión de conocer.

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Los ilusos

Hay quienes caminan sin mirar quién camina detrás, si parecen misteriosos al hablar por teléfono es para mortificar un poco a los duendes de la escucha, dan por sentado que algún (os) vecino(s) toma(n) nota de sus movimientos y visitas, pero no les interesa. Viven con la decisión de comportarse como seres libres sin que las barreras del gobierno, donde todo lo que no está expresamente autorizado, está prohibido, los coarten mínimamente.
Otros, prefieren una actitud sigilosa, se comunican por señas, han diseñado un vocabulario alternativo y viven la teoría de la conspiración en la categoría de actores principales. Duermen con un ojo abierto, en todo ven segundas intenciones.
NI muchos del primer grupo son libres, ni muchos de los ganados por la paranoia son vigilados.

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Crónica adeudada

Cuando me preguntan qué me pareció Lima; respondo que no estuve en Lima sino en Miraflores, una zona de la ciudad a la orilla del mar donde las áreas verdes están impecables, las calles limpias y atestadas de un tráfico furioso de Toyotas y Kías; los perros y gatos cuidados por la municipalidad. Edificios altos, tiendas enormes, restoranes: eso es Miraflores, el distrito de Lima donde a cualquiera le gustaría vivir, aún a pesar de los muros y las cercas eléctricas.

Participé invitada por el Instituto para la Libertad en un seminario sobre periodismo digital y tecnologías de la comunicación, conferencias de lujo con personas muy calificadas en su campo. Fui a aprender y aprendí muchísimo; también tuve la oportunidad de conocer gente maravillosa; me sentí rara con tanta amabilidad en los mercados, restoranes, tiendas, en la calle preguntando una dirección.

Se atisba otra Lima en Gamarra; un perímetro comercial impresionante que solo debe tener equivalencia –si la tiene– en alguna megalópolis asiática. En Gamarra se escucha crecer el dinero; ese rectángulo peatonal factura más que la economía de muchos países. Tanto trasiego produce vértigo. Desde allí veo no muy lejos un cerro incrustado de casitas y pregunto. Es una zona pobre donde no se atreve la policía, donde la receta de la prosperidad liberal no se cumple. Hay que salir de Gamarra antes que se haga de noche.

Hubiera querido rastrear el bar de Zavalita y Ambrosio de Conversación en la Catedral; pasar por la Universidad de San Marcos y ver si queda un busto, una placa al menos del paso de Vallejo por allí. Tuve que conformarme con el puente y la alameda de Chabuca Granda en Barranco, una zona antigua muy hermosa, y con un delicioso paseo en un bus turístico de dos pisos hasta el centro de la ciudad.

Los cubanos siempre terminamos hablando de comida, pero ir a Perú y no hablar de su comida es pecado de lesa omisión. Inolvidable el seviche –que se escribe lo mismo con c y con b— en el mercado de abastos, las humildes papas a la huancaína, El maíz de dientes enormes y dulces.
Dejo aquí constancia de que no lo soñé, que en una apretada semana hice nuevos amigos  que estarán conmigo para siempre. Y la ciudad, que pretendí reconocer aun cuando el Miraflores de las novelas de Vargas Llosa no se parece a este residencial opulento y moderno.

Para Carlos Ríos y Juan Carlos Linares, mis divertidos y gentiles compañeros de viaje, y para mi gente de Piura.

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Breve inventario de miedos personales

Como en casi todos, de niña la oscuridad era un problema. Me encantaba jugar a los escondidos, subirme en las matas, pero cuando anochecía, las sobras se tornaban oculto peligro, hombres del saco que venían a llevarme, y corría hacia la seguridad de los mayores y de la luz.
Otro de los miedos importantes de la época era enfermarme en vacaciones. Con un padecimiento crónico de la garganta, una amigdalitis atravesada me dejaría sin el baño de playa; y tenía razones para temer de los catarros a mi alrededor o de cierto ardorcillo al tragar, o de un ventilador demasiado fuerte durante la noche.
Aquellos miedos cedieron lugar a otros, banales o importantes, pero no por eso menores: el miedo a suspender un examen, a perder un novio, a engordar, a no parecer demasiado combativa en época de definiciones ideológicas dado mi lastre pequeño burgués.
Total, hace años que los baños de playa perdieron encanto para mí, por culpa del sol que nos persigue a todas partes en esta islita caribeña; ya tuve todos los novios que iba a tener, examiné cuanto tema iba a examinar y terminé engordando. Lo de la burguesía que me persiguió como un espectro en mi juventud, no compite con los que mantienen un discurso de barricada, pero viven en las antiguas casas y según los modos de la burguesía derrocada.
Sigo siendo miedosa, solo que los miedos cambiaron. Tuve un ataque de pánico en vez de un parto el día que me hicieron la cesárea para sacar a mi hijo. Recuerdo que para homenajear a Orlando Zapata me vestí de blanco en el anivfersario de su muerte y anduve con un gladiolo en la mano. Un auto que se detuvo a preguntarme una dirección por poco me produce un infarto. El pasado diez de diciembre fue otra buena ocasión para ejercitar el miedo.
Muy recientemente, feliz al regreso de un seminario sobre periodismo ciudadano y redes sociales en Lima, Perú, fui llevada al “cuartico” por los funcionarios de la Aduana. No había sobrepeso, nada fuera de lo estipulado por la ley, pero hicieron una revisión pormenorizada de mi equipaje, y retuvieron para la “inspección aduanal” SCAN0000 una laptop con su cargador y su mouse, una videocámara con dos trípodes y cuatro memorias, dos discos externos, todo nuevo en su estuche original, además de mí cámara fotográfica, mi tableta, una memoria usb y mi teléfono, este último, tan llevado por olvido, que ni cargador tenía; artículos que a la salida de Cuba no era necesario declarar por ser de uso personal.
Los otros artículos de la sospecha fueron cuatro libros escritos por mi marido, que también salieron conmigo, un libro sobre redes sociales que me regalaron y la carpeta con el currículo de los conferencistas y mis notas manuscritas del curso.
Les hablaba del miedo. Todos esos artículos de valor muchas veces salen del equilibrismo de ahorrar dinero, como no sentir una punzada en el estómago al verlos desaparecer en un saco, que por muchos sellos que tenga, puede ser canibaleado. A esa hora me vinieron a la mente los casos de robo en la aduana. Pero no fue ese el miedo mayor. Con las manos cruzadas sobre las piernas para no denotar el nerviosismo, vi como impunemente se quedaron con una parte de mi intimidad. Lo poco que hablé fue para dejar clara la arbitrariedad de la que era objeto. No gasté energías, pues aquellos funcionarios daban la cara por otros funcionarios; los de la policía política que ordenaron la medida.
Entonces se produce un miedo raro, porque no pensé en abandonar mi postura crítica y abierta frente al gobierno. El miedo, que produce cantidades saludables de adrenalina, me confirma lo nefasto de un régimen que, lejos de servir, se permite pasar sobre el ciudadano, sobre el soberano.
Es hora ya de recuperar esa soberanía.

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