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Acuérdate que siempre quiero

Lo que improvisó Robertico Carcassés la semana pasada en el acto del Protestódromo, se ha incorporado al folklore popular, el estribillo

imagen de ecured

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acompañante es una especie de contraseña musical que identifica a simpatizantes del músico y/o a simpatizantes de lo que el músico pidió.  Solo he hablado con una persona que vio atónita en su TV la  comentada improvisación del talentoso director de Interactivo; el resto tiene la historia referida por segundos o terceros y le añaden o eliminan; pero en la calle se habla mucho de ello, sobre todo por insólito.  Todos habían ponderado el gesto; no fue hasta ayer que un joven sobre los treinta años vino a confirmar que la unanimidad tampoco es cierta en sentido inverso.  Conciso y serio, comentó que no le había gustado lo que pasó en el acto frente a la SINA.  Dijo más, encuentra peligroso el deseo de “ustedes” (éramos cinco, y con él seis) de querer votar directamente por el cargo presidencial, aunque el escepticismo parecía ser su objeción, considera negativo un cambio por el socorrido argumento de que estamos mal, pero otros están peor.  No tuve necesidad de intervenir, pues los demás, todos mucho más jóvenes que yo, se encargaron de rebatirle con argumentos que suscribo plenamente.  Sí les informé, porque allí nadie lo sabía, que Robertico ha sido separado de su grupo, medida que deja en entredicho todo el discurso de transparencia y de camisa quitada que acompaña las reformas raulistas aunque haya  habido una rectificación posterior.
En casa, esta experiencia matutina fue conversación de sobremesa.  Alcides, por viejo y por sabio, señaló una obviedad en la que no había reparado: La voz disonante correspondió a un trabajador privado con un negocio en un local fijo; allí se produjo la conversación.  El resto éramos clientes casuales protegidos por el anonimato.  –Parece mentira, Regina, que no hayas calculado que el joven pensara igual que los demás, pero creyera proteger su negocio de potenciales delaciones–.

Recordé cuántas cintas amarillas se anudaron sin convicción en estos días, y recordé al General Resóplez cuando impotente solo acertaba a decir: –¡Qué paízzz…!

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Un asunto de familia

Mis hermanos me han contado que de muchachos, un día como hoy sentían pena al ser llamados por la Directora de la escuela al frente de la formación matutina. Para el Instituto Edison, era un honor tener entre sus alumnos a tres nietos del Comandante del Ejército Libertador Miguel Coyula, y hoy 23 de noviembre, fecha de su muerte, se instituyó en su honor el Día de la Probidad Ciudadana, una celebración que como tantas otras, pasó al olvido luego de 1959.
Mi padre, militante comunista de toda su vida, acató con pesar y en silencio el olvido de mi abuelo, cuyas enseñanzas y ejemplo lo hicieron el magnífico hombre que mi padre fue. Pero para la descendencia que vino detrás, incluso para los que ni siquiera nacimos antes de su muerte, ha sido un orgullo enorme tener ese ancestro.
Hace poco una amiga me preguntaba con tono afirmativo que nuestra familia era rica antes. Se sorprendió cuando le dije que no, que la gran fortuna familiar era este apellido inconfundible, tan venido a menos. La probidad en Cuba hoy es un bien raro y para nada valorado. El reconocimiento se obtiene de forma retorcida: casi nunca viene del trabajo honrado. Si antes las madres consideraban “un buen partido” a un médico, un maestro, o un abogado, hoy el corazón se les acelera cuando el prospecto es barman o taxista, y pueden saltársele las lágrimas con un italiano, aunque sea obrero de la construcción.
Existe una Contraloría, pero es impotente para vigilar la sangría constante que supone la esfera pública
Como podrán imaginar, la Probidad Ciudadana anda de capa caída, por lo que no viene mal que yo la recuerde, aunque sea como asunto familiar.

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Diálogo

La causa que me ha mantenido alejada del blog estos últimos días ha sido que estoy de cuidadora de mi “hijastra”, (más joven que yo, pero no por mucho) y hace la convalecencia de una intervención quirúrgica en mi casa.

Pero ayer que tuve que salir al mediodía, me monté en una ruta 27 y fue inevitable escuchar el diálogo de un hombre y una mujer,  sentados frente a mí,  que viajaba de pie.  La famosa reforma migratoria aparece por donde quiera, mantiene entretenida hasta a la gente que nunca viajará, pero ahora tiene la ilusión de que podría hacerlo.  No fueron esos esperanzados comentarios los que me impelieron a intervenir en un diálogo que no era conmigo.  Se bajaba ya la mujer, cuando el hombre le dice algo así como: –Es que estamos muy mal acostumbrados a que nos lo den todo.

Luego de disculparme por la intromisión, en voz no muy alta pero sí muy clara, de esas que yo ponía en el aula para captar la atención de los alumnos, le expresé al hombre mi desacuerdo con su frase.  Dicho así, pareciera que los cubanos habíamos gozado de la capacidad de decidir sobre nuestra vida, cuando en la realidad, el gobierno se quedó con la iniciativa, interviniendo el ámbito público e interfiriendo en el privado.

Fue simpático, porque el hombre trató de enmendar la plana con el argumento de que los jóvenes creían merecerlo todo, y lo dijo haciendo un gesto hacia un adolescente de pelado emo con uniforme de tecnológico.  El joven al sentirse aludido, le dijo: –No, Puro, no, la Veterana tiene toda la razón.  Luego me miró serio, genuinamente interesado.  – ¡Esa trova está en talla!

Sonreí para él, y como llegaba a mi parada, me despedí del señor; intercambiamos nombres y un apretón de manos, y le dije al muchacho, como quien revela una clave, algo que olvidaría al instante o recordará toda la vida: –Eres un ciudadano. Ejerce ese poder, que ya dejamos en manos de otros nuestro destino por demasiado tiempo.

 

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Aprendizajes

Algunas veces el proceso de democratización cubano me parece más sencillo de como lo veo casi todos los días. Espacio Laical y el Centro Félix Varela, bajo la supervisión de la Iglesia; Temas y sus últimos jueves de público, la revista Criterios y otros espacios académicos parecen tener, si no la fórmula mágica, al menos una idea del cómo. En estos entornos es frecuente escuchar términos como participación ciudadana, empoderamiento de la sociedad civil, pluripartidismo, sistema electoral, términos todos que convergen y se consuman en la democracia.

El gobierno ha optado por la técnica del avestruz, como si con mirar hacia otro lado, los problemas que se debaten en los foros mencionados –y en otros menos convencionales pero igualmente activos-, quedaran resueltos, o mejor, no existieran. Esta actitud es imprescindible para el mantenimiento del poder, pero es irresponsable ignorar que esa activa minoría que se pronuncia en los foros o publica en revistas de breve tirada y menor distribución, es precisamente el grupo de personas que está pensando Cuba.

Por otra parte, el gobierno ha tenido una reacción tardía, pues no es hasta hace muy poco que se escucha hablar en los medios cubanos de sociedad civil, como por ejemplo, haciendo referencia a la intelectualidad artística reunida bajo la UNEAC. Era un término maldito, por haber sido adoptado con larga anterioridad para agrupaciones opositoras, y por tanto no reconocidas, agrupaciones que en cualquier país normal defienden su espacio sin merecer el escarnio del gobierno. Unas organizaciones no pueden de ninguna manera descartar a las otras, en esa exclusión hay implícito una especie de racismo político que resulta tan detestable como otras formas de exclusión.

Esto que acabo de decir, viene muy bien para comentar una iniciativa propuesta por el Observatorio Crítico, para las próximas elecciones, de votar con una D en la columna en blanco, iniciativa que ha recibido muchas críticas. No es una llamada a la insurrección para tomar el poder. Es una iniciativa ciudadana, una más de las muchas y muy variadas que tan necesarias son para el aprendizaje democrático. Es cierto que todas las D irán a la cuenta de las boletas anuladas, pero la presencia de los ciudadanos en el escrutinio de su colegio electoral (aún cuando no vote, si está en el listado de electores, es su derecho por ley), permite conocer los datos de la base. Mientras más ciudadanos tomen esa iniciativa, más interesante será la comparación de esos números con las cifras oficiales. El gobierno también podría publicar en un tabloide de esos que se imprimen para cualquier menester, el resultado de la votación en cada colegio del país, dividido en provincias y municipios, y hasta en circunscripciones, si quisiera ser puntilloso y acallar a los que opinan que el resultado se manipula.

Me pierdo en estos temas en los que pienso tanto y de los que sin embargo me resulta difícil escribir con la concisión que quisiera. Recuerdo a la bloguera Yoani Sánchez en una estación de policía sentada frente a un oficial que le advierte que ella está descalificada para el diálogo. Este funcionario a lo mejor desconoce que llevar un blog personal te hace responsable de ti y de tus opiniones; este funcionario a lo mejor interpretó como interés político el interés en la política. O a lo mejor no pensaba en nada y solo cumplía una orden.

Mi hijo se estrena este curso como estudiante universitario, y en la clase introductoria al Derecho Mercantil, el profesor enfatizó la necesidad de conocer las leyes, los deberes y derechos del ciudadano, y ante la pregunta de quiénes habían leído la Constitución, al menos hojeado, ninguno de los alumnos levantó la mano. La indefensión que supone tal desconocimiento es una alarma respecto al futuro, porque tengo la impresión de que estos jóvenes han sido sometidos a tanta politización que son inmunes a la política, y eso tampoco es bueno.

Estos dos momentos, en un primer vistazo pueden no parecerse, pero tienen que ver con el ejercicio de la ciudadanía como un derecho inmanente. Por lo pronto, le he dejado el pequeño folleto azul de la Constitución a mi hijo en su mesa de noche. No sé si el policía político que regañó a Yoani ya habrá aprendido que en un diálogo ciudadano los interlocutores son elegidos por sus representados. Y que para otorgar o negar derechos está la ley.

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Una demanda ciudadana

Una persona a la que tengo en gran estima me hizo descubrir una verdad de Perogrullo: soy una ciudadana. Algo tan evidente permanecía medio mezclado con otras ideas peligrosas como libertad y democracia. Para mí ha sido como cuando un niño aprende a caminar: primero lo hace con torpeza, luego con más seguridad, hasta que ya no vuelve atrás.

Es por eso que he acogido con entusiasmo la Demanda ciudadana por otra Cuba -errata rectificada el 10 de agosto- porque me parece muy lógico que como parte del pueblo, que es el soberano y elige a los funcionarios públicos para ejecutar el mandato popular (al menos en teoría), lleve a otros –ciudadanos como yo pero que no se han enterado— el conocimiento y el convencimiento de que la ratificación de los Pactos de Naciones Unidas por parte del gobierno, redundaría en beneficio de todos.

No se trata de afinidades políticas, sino de ejercer un derecho ciudadano.

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Muela bizca

Ya llegó el calor.  Hasta ahora disfrutábamos de una temperatura un poco alta por el día y fresca de noche, pero hace dos días ya tuve que encender el ventilador para dormir.  Sin embargo no voy a hablar del clima, lo referí de pasada pues ayer me pasé el día en la calle.  Estuve en el dentista porque antes de ayer, comiendo pan, mordí una piedra y algo en mi boca que no fue la piedra hizo ¡crac!   No crean que el responsable fue un pancito de a medio de esos que venden por la libreta, no.  Un pan de diez pesos que traía no solo la para mí sino otra piedra más.  –En otra parte haces una demanda que comes pan gratis el resto de tu vida— me decía mi marido.  Pero en  esta parte queda ir a estomatología del policlínico donde la atención es gratuita.
Me pusieron una cura luego de torturarme un poco con la máquina infernal de los dentistas y debo regresar la semana que viene para restaurar la muela averiada.  Nada mal estuvo el tiempo de espera y la atención, para los que dicen que siempre hablo de cosas malas.  Como había destinado la mañana entera a la muela y a las nueve ya estaba en la calle con mi sabor a clavo en la boca, fui al Banco a cobrar –a tratar de cobrar—una transferencia.  Aquí ya no hubo rapidez, pero hubo una espera confortable y refrigerada.  Al llegar mi turno, una empleada amabilísima tecleó mis datos en su computadora, y en eso, ¡pum! Un transformador explota y se va la luz.  Fue algo instantáneo, pero “el sistema se cayó y hay que esperar un momento” (se refería a la intranet de la banca nacional).  En esa espera, un ciudadano indignado entra en la filial bancaria.  Estaba haciendo una extracción en el cajero automático del vestíbulo cuando se fue la luz.  Al regreso del breve apagón, se vio con la cantidad que había solicitado descontada de su saldo, pero sin el dinero en la mano.  Detuvieron la cola del cajero, que no era pequeña, para hacer un arqueo y, caso de que el ciudadano indignado no mintiera, entregarle su dinero.  Mi transferencia no apareció, la empleada amabilísima me dio una tarjeta con teléfonos para averiguar cuándo aparezca, y dejé a un ciudadano indignado y a un grupo considerable de frustrados esperando por el arqueo del cajero automático.
Otros sistemas se caen, pero el que tiene que caerse, nada.

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