Publicaciones etiquetadas con: derechos ciudadanos

Repudio a los repudios

Era el año 1993, mi hijo estaba por nacer y me dieron pase de fin de semana en el hospital. Al llegar a la casa, mi marido no estaba. Llegó muy alterado de casa de su hijo del anterior matrimonio. A la mamá y al esposo les habían hecho un mitin de repudio. Cerraron la calle, instalaron altavoces, importaron una turba que vociferó por horas sin saber para qué ni contra quién.

El matrimonio batallaba hacía meses por viajar al exterior, pero no aceptaban la salida definitiva que querían imponerles. El hijo de mi marido, entonces un adolescente estudiante de pintura, había decidido quedarse con nosotros. Luego de aquella muestra de “fervor revolucionario”, el muchacho no quiso ya vivir en un país donde pasaban esas cosas. Mucho tiempo después, seguía teniendo el sueño recurrente de que la turba derribaba la puerta de su casa y los aplastaba.

Mi hijo nació a los pocos días, y su hermano se fue al exilio tres meses después. Nunca tuvieron la oportunidad de conocerse, de reconocerse incluso uno en otro, pues guardan un gran parecido físico.

Así que a las razones éticas, uno esta razón tan personal para abogar por un repudio a los repudios, porque nunca más ningún gobierno esté en la posición de enfrentar a sus ciudadanos unos contra otros.

 

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De policías y ciudadanos

foto: OLPL

Un fotógrafo aficionado amigo mío, se llevó el otro día el disgusto de su vida. Sentado en las inmediaciones del puente de La Lisa, tomaba fotos con el fondo fijo y objetos movibles delante. Vio venir un hombre vestido de civil hacia él que mientras se acercaba le preguntaba:

–¿De dónde tú eres?

Mi amigo, previsor, guardó la cámara y se puso de pie. –Cubano. Como tú.– La pregunta que siguió fue la que lo desconcertó:

–Sí, pero ¿para quién trabajas?

Mi amigo le iba a contestar, pero se dio cuenta de que estaba siendo interrogado por un civil, así que le ripostó

–No man, ¿para quién trabajas tú que estás haciendo tantas preguntas?

–¡no me digas man!

Descompuestísimo, el tipo le enseñó el fugaz fragmento de un carné donde mi amigo avistó las letras DSE. Aquí todo el mundo sabe qué son esas siglas. En represalia por la osadía de mi amigo de cuestionar su autoridad, intimidatorio, le tomó todos los datos del carné de identidad.

Cuando me hizo el cuento, más molesto que preocupado (también; mi amigo trabaja en una dependencia del estado), quería saber si aquel tipo tenía derecho a pedirle su identificación a pesar de ser notorio que no fotografiaba nada prohibido.

–En primer lugar, como te gusta la fotografía, puedes tirar fotos en cualquier lugar donde no esté expresamente prohibido. Expresamente se entiende por un cartel visible. Y en segundo lugar, por desgracia, en Cuba la autoridad está facultada para pedir identificación sin un motivo específico. Pero –y aquí es donde entra la mezcla de ignorancia y prepotencia que tienen muchos de esos individuos—si no va de uniforme, está en la obligación de identificarse correctamente, extendiendo incluso su carné al interesado si este lo requiriera para establecer su identidad como agente del Ministerio del Interior.

Le explicaba aquello a pesar de que no conozco un solo caso de alguien que sea interceptado por la policía política y se cumpla esta formalidad. Muchos policías, lo mismo de uniforme que de civil maltratan a la ciudadanía ignorante de sus derechos. Recién he visto en el Observatorio Crítico la foto de un joven golpeado por tres policías, sólo por reclamar un trato respetuoso. Y ahí lo grave. Cuando exiges, se aplica la violencia, verbal –o física como en este último penoso caso– como respuesta.

A mí la parte del cuento que más me gustó fue para-quien-trabajas. La pegunta permite especular por dónde andan las “orientaciones” de los agentes de la autoridad en estos tiempos de tecnología.

 

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Bizcochos zocatos

El vendedor ambulante de bizcochos se detuvo en mi puerta.  Quería saber la dirección de los abogados que podían ayudarlo.  Le pregunté por la gestión que le estaban haciendo “por arriba”, y con pesar respondió que la persona no pudo (o no se atrevió o no quiso) resolverle el problema.  Para los que no entienden, escribí Bizcochos amargos primero y Bizcochos rancios luego con esta historia de continuidad.  -Ahora sí voy a ir a verlos porque no tengo nada que perder.

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