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Un diez de octubre casero

Aunque el 10 de octubre marca el inicio de la lucha de Cuba por su independencia colonial y es feriado, la celebración se reduce a algunos spots y vallas publicitarias.  Lo mismo el 24 de febrero, para no mencionar el 20 de mayo que ha pasado de fecha patria a inicio execrable de la república.  Las efemérides de peso son las del asalto al Moncada y la huída de Batista.
El libro de texto de Historia por el que estudió  mi hijo sintetiza el hecho así:  …la energía de los manzanilleros, encabezados por el abogado Carlos Manuel de Céspedes…determinó el inicio del proceso revolucionario cubano el 10 de octubre de 1868… El alzamiento de Céspedes en su ingenio La Demajagua, inaugura, en la historia nacional, el empleo de la vía de la lucha armada para alcanzar la independencia.
Además de redactado con descuido, el libro está lleno de generalizaciones que impiden a los jóvenes, identificarse con los sucesos y personajes que estudian.  El rostro de mi hijo se hizo atento cuando supo que Céspedes era un notable jugador de ajedrez para la época,  que era enamorado y gustaba de escribir poemas a las criollas de su afecto, que el ingenio La Demajagua tenía máquina de vapor muchos años antes del grito de independencia y que la dotación de esclavos,  más que productiva, era onerosa.  Se divirtió creyéndolo una broma, cuando le dije que el jefe del levantamiento no era Céspedes,  sino Francisco Vicente Aguilera, y que Céspedes no había resignado el mando ante él  cuando se adelantó la fecha del alzamiento para el 10 de octubre, según cuenta la historia, por un telegrama interceptado por un simpatizante, donde se daba cuenta del conocimiento por parte de las autoridades españolas del inminente levantamiento.  Estoy segura de que mi hijo no olvidará estas novedades que no cuenta su libro.  Le aclaré ante su rápida conclusión, que no se trata de una historia de malos y buenos, que Céspedes se equivocó muchas veces, pero fue muy  grande a pesar de sus defectos.  Ya en plan patriótico le hablé de La bayamesa de Céspedes y Fornaris, de ese mismo Aguilera del que ya le había hablado, el patricio que hasta le regaló un teatro a Bayamo y murió pobre en el exilio.  De Perucho Figueredo y los versos nerviosos que escribiera sobre la montura y hoy cantamos como Himno Nacional.  ¡Qué le voy a hacer!, yo soy de antes, de las que todavía se emociona con ciertos símbolos; mi hijo en cambio, pertenece a esta época descreída.  Al menos lo pretendo menos cínico.  Al menos lo pretendo.

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