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La guerra de los mundos

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Libre empresa es un término que no se menciona en el nuevo proceso de “actualización del modelo”, pero a “los factores” solo hay que darles un filito para construir su socialismo propio ya que el frankenstein de socialismo que según dicen se está construyendo en Cuba, parece demorar. Hay algunos recién empresarios que van en serio.

El cine en tercera dimensión ha aparecido, con unos precios que pareciera que no van a encontrar clientela, pero sí; una ciudad de dos millones de habitantes tiene varios cientos de felices ciudadanos que no necesitan contabilizar gastos a fin de mes.

Preguntando por la dirección de un amigo, me indicaron una puerta al fondo de una agradable terraza acondicionada como bar de tapas. Traspasar aquella puerta fue como entrar en un mundo paralelo. El local está montado con las mejores condiciones, incluso en un detalle “pacotillero”, el menú y la cuenta los presentan en iPad. Total, el iPad al llegar a la caja tiene que ser transcrito porque la tecnología no llega hasta ahí, pero el efecto sobre el cliente es demoledor.

Una popular cafetería hizo pegatinas para los automóviles; el que volviera con la pegatina en el parabrisas, recibía un descuento. Dichas pegatinas según me han dicho se mandaron a retirar pues no permiten publicidad para establecimientos particulares. Por decisión propia o con el conocimiento de lo que le había pasado a los de la cafetería, algún avispado se hizo de un altoparlante y hace publicidad desde un almendrón impecable, ¿de qué?, de exhibiciones de cine en 3D con matinée en tarifa reducida para el cine infantil. Así que a los del iPad les ha salido competencia.

El invento, “la lucha”, la iniciativa hasta ahora proscrita. Ese es el verdadero mundo paralelo.

 

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Aprendizajes

Algunas veces el proceso de democratización cubano me parece más sencillo de como lo veo casi todos los días. Espacio Laical y el Centro Félix Varela, bajo la supervisión de la Iglesia; Temas y sus últimos jueves de público, la revista Criterios y otros espacios académicos parecen tener, si no la fórmula mágica, al menos una idea del cómo. En estos entornos es frecuente escuchar términos como participación ciudadana, empoderamiento de la sociedad civil, pluripartidismo, sistema electoral, términos todos que convergen y se consuman en la democracia.

El gobierno ha optado por la técnica del avestruz, como si con mirar hacia otro lado, los problemas que se debaten en los foros mencionados –y en otros menos convencionales pero igualmente activos-, quedaran resueltos, o mejor, no existieran. Esta actitud es imprescindible para el mantenimiento del poder, pero es irresponsable ignorar que esa activa minoría que se pronuncia en los foros o publica en revistas de breve tirada y menor distribución, es precisamente el grupo de personas que está pensando Cuba.

Por otra parte, el gobierno ha tenido una reacción tardía, pues no es hasta hace muy poco que se escucha hablar en los medios cubanos de sociedad civil, como por ejemplo, haciendo referencia a la intelectualidad artística reunida bajo la UNEAC. Era un término maldito, por haber sido adoptado con larga anterioridad para agrupaciones opositoras, y por tanto no reconocidas, agrupaciones que en cualquier país normal defienden su espacio sin merecer el escarnio del gobierno. Unas organizaciones no pueden de ninguna manera descartar a las otras, en esa exclusión hay implícito una especie de racismo político que resulta tan detestable como otras formas de exclusión.

Esto que acabo de decir, viene muy bien para comentar una iniciativa propuesta por el Observatorio Crítico, para las próximas elecciones, de votar con una D en la columna en blanco, iniciativa que ha recibido muchas críticas. No es una llamada a la insurrección para tomar el poder. Es una iniciativa ciudadana, una más de las muchas y muy variadas que tan necesarias son para el aprendizaje democrático. Es cierto que todas las D irán a la cuenta de las boletas anuladas, pero la presencia de los ciudadanos en el escrutinio de su colegio electoral (aún cuando no vote, si está en el listado de electores, es su derecho por ley), permite conocer los datos de la base. Mientras más ciudadanos tomen esa iniciativa, más interesante será la comparación de esos números con las cifras oficiales. El gobierno también podría publicar en un tabloide de esos que se imprimen para cualquier menester, el resultado de la votación en cada colegio del país, dividido en provincias y municipios, y hasta en circunscripciones, si quisiera ser puntilloso y acallar a los que opinan que el resultado se manipula.

Me pierdo en estos temas en los que pienso tanto y de los que sin embargo me resulta difícil escribir con la concisión que quisiera. Recuerdo a la bloguera Yoani Sánchez en una estación de policía sentada frente a un oficial que le advierte que ella está descalificada para el diálogo. Este funcionario a lo mejor desconoce que llevar un blog personal te hace responsable de ti y de tus opiniones; este funcionario a lo mejor interpretó como interés político el interés en la política. O a lo mejor no pensaba en nada y solo cumplía una orden.

Mi hijo se estrena este curso como estudiante universitario, y en la clase introductoria al Derecho Mercantil, el profesor enfatizó la necesidad de conocer las leyes, los deberes y derechos del ciudadano, y ante la pregunta de quiénes habían leído la Constitución, al menos hojeado, ninguno de los alumnos levantó la mano. La indefensión que supone tal desconocimiento es una alarma respecto al futuro, porque tengo la impresión de que estos jóvenes han sido sometidos a tanta politización que son inmunes a la política, y eso tampoco es bueno.

Estos dos momentos, en un primer vistazo pueden no parecerse, pero tienen que ver con el ejercicio de la ciudadanía como un derecho inmanente. Por lo pronto, le he dejado el pequeño folleto azul de la Constitución a mi hijo en su mesa de noche. No sé si el policía político que regañó a Yoani ya habrá aprendido que en un diálogo ciudadano los interlocutores son elegidos por sus representados. Y que para otorgar o negar derechos está la ley.

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