Creo haber cruzado con éxito el umbral del siglo XXI, un siglo que prefiero imaginar más incluyente, comprensivo, solidario. Luego de haber sido educada en ciertas intransigencias sociales e ideológicas, he pasado sobre ellas. Mis amigas lesbianas, no son mis amigas para estar “en la onda”, sino porque su amistad me enriquece. Tengo otras amistades cuya postura política o religiosa podría hacernos antagonistas, pero desde hace tiempo mis valores de bueno y malo los establezco según mis convicciones; nunca más dejaré en manos ajenas el pensar por mí.
La violencia de género, no solo no ha desaparecido, sino que permanece soterrada y a veces no tanto en nuestra sociedad machista, donde las campañas quedan muy bonitas en los pósters y los audiovisuales, pero al mirar con cuidado, o al escuchar un reguetón, la ves como una mala hierba pertinaz.
Es alarmante la cantidad de mujeres con las que he conversado el tema y se han confesado víctimas de la apetencia de un jefe y de las consecuencias por el rechazo, y mientras más alta la posición del jefe, peor para la mujer; algunas terminaron cediendo y casi todas lo callaron avergonzadas porque fueron (fuimos) educadas en la culpa.
Podría parecer contradictorio luego de lo anterior que defienda a Ángel Santiesteban. Como lo conozco hace muchísimos años y me he interesado en el caso desde el principio, me permito dudar de la transparencia del proceso y de la objetividad de los testigos, y me permito pensar que la acusadora ha sido manipulada –otra forma sutil de ejercer la violencia–.
Veo a un grupo de mujeres intelectuales pronunciarse sobre este caso del que no poseen suficientes elementos, a pesar de que aclaran que…nadie puede juzgar estos hechos sin conocer la profundidad de los daños... Quiero detenerme en una cita extraída de la carta de las intelectuales puesta a circular el Día Internacional de la Mujer: …quienes esgrimen esas tesis están reproduciendo la agresión; como aquellos que culpan a la víctima de una violación de haber provocado a su agresor. Es inevitable para quien conozca mínimamente el hostigamiento a que han sido sometidas las Damas de Blanco, no tenerlas en cuenta. Al margen de credos políticos, obviar el copioso testimonio de la violencia ejercida sobre ellas, es culparlas de haber provocado a su agresor.
No basta con la mención particular de un supuesto acto de violencia y una mención general al resto de la violencia contra la mujer en nuestra sociedad para focalizar el fenómeno. Todo lo que se haga en este sentido no es suficiente dado el entorno viciado por los estereotipos en el que hemos vivido. No será con una lectura sosa y superficial de un texto repleto de ironías que escribiera el poeta Rafael Alcides como se logrará ganar la lucha por la igualdad y el respeto. Igualdad y respeto válidos para la mujer y para cualquier otra forma de discriminación.
