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Andar La Habana

Antiguo establecimiento comercial convertido en vivienda y hoy reconvertido en vivienda-comercio. En el Boulevard de San Rafael
Acompañé a mi hermano el arquitecto que necesitaba cambiar una pieza sanitaria. Estaba difícil, porque las de color verde no aparecían, y mi hermano se negaba a poner un inodoro blanco en un baño donde hasta la bañadera es verde. Tuvimos que “andar La Habana”, su ojo de experto y el mío de crítica iban tomado nota de los disparates urbanísticos que ha cometido la gente con tal de abrir un negocito. Nadie los orientó. Les exigen una licencia sanitaria pero con un escueto permiso desfiguran la fachada o ponen un cartel horroroso, pintan a su albedrío sin contar con el piso de arriba ni con la vivienda de al lado; y sin contar con nadie ciegan fachadas e invaden parterres. Esos llamativos carteles y la flamante pintura contrastan con los locales comerciales en manos del estado que languidecen en medio de la suciedad y el abandono. Ambos extremos afean el entorno un poco más.
Con esa falta de premura con que se acomete el “proceso de actualización de nuestro modelo económico”, se supone que es para que los pasos hayan sido pensados minuciosamente. Entonces, por qué luego de tanto pensar, a ningún funcionario se le ocurrió mejor idea que cada cual abriera su negocito según sus posibilidades y muchas veces sin condiciones, mientras las cafeterías y tiendas construidas a tales fines son la viva estampa del subdesarrollo. Los comercios siguen tan feos como antes y ahora muchas viviendas se han impuesto ortopedias para vender alimentos o fungir como quincalla.
Esto le argumentaba a mi hermano, que en una de sus ocurrencias me dijo:
–Como sigas tomando “razonamil”, te bajo del carro.
Al margen del chiste familiar en que se ha convertido el “te bajo del carro”, ahora se divulgan unas palabras del Presidente Raúl Castro llamando al ordenamiento urbanístico. Como casi todo en Cuba, los problemas crecen y crecen sin que las instancias responsables tomen acción o sean respetadas, y no es hasta que la máxima dirección se pronuncia, que por arte de magia, todos toman nota y se llevan las manos a la cabeza sin saber por dónde empezar.
Un día en imágenes
Tengo envidia secreta de los que logran esas fotos que me hubiera gustado hacer. Antes, con la cámara de rollo, era un “rollo”. Conseguir la película Orwo proveniente de la Alemania DDR era una tarea fatigosa: si había rollitos, no me convenían los de 100 ASA, detestaba los Orwocolor, que siempre parecían estar vencidos, pero los Orwocrome de 400 ASA eran difíciles de capturar. Revelar un rollo era cosa de meses en el “consolidado”. También vendían rollitos de diapositivas que se revelaban con la misma demora y había que verlas en un proyector. Por los años noventa desapareció Orwo y reaparecieron Agfa y Kodak, pero ya esos venían en la otra moneda que ha signado nuestra vida, y mi camarita Minolta, regalo de mi hermano Miguel, anda por alguna gaveta, eso, si existe, pues la he perdido de vista hace un montón de tiempo; igual hace años que no veo un rollo fotográfico.
La irrupción de la cámara digital cambió la fotografía para siempre y fue amor a primera vista, pero amor imposible. No fue hasta hace poco más de tres años que me regalaron una cámara digital muy buena que se me cayó al piso en mi viaje a España el año pasado y cuando la llevé a reparar a una tienda, el comerciante, comerciante al fin, me vendió otra.
Con esa camarita de medio pelo me inscribí en la convocatoria de aday.org para fotografiar mi 15 de mayo. Me levanté dispuesta a retratar todo lo que sería mi día. Al final me vi con casi cien fotos para dejar diez (número máximo que se admite en el concurso). Me decidí por un grupo que refleja ocupaciones. No son grandes fotos, pero en casi todas se observa la atracción del fotografiado por el lente. Desconocidos todos (menos la dentista), no tuvieron objeción en ser fotografiados y hasta los que no lo parece, “posaron”.
Mi realidad tiene una hermosura decadente que hace apretar el obturador. Un observador ajeno no podría percibir los conflictos que discurren. Mis imágenes no reflejan miseria, ni siquiera una pobreza evidente, pero vivo en uno de los mejores lugares de la ciudad y no me alejé de casa. Por otra parte, como ya se sabe, lo esencial casi siempre es invisible.
