Los partidarios del proceso electoral cubano a menudo mencionan los millones de dólares de la campaña electoral de Estados Unidos como la justificación para no permitir cualquier tipo de campaña o recaudación de fondos. Pero eso tampoco es cierto. La televisión, la radio y la prensa escrita, todos los días hablan de “los candidatos de la Patria”, de cómo votar en sendas boletas diferenciadas por el color; la foto de los susodichos con una síntesis de su trayectoria de vida –sobre todo de vida política– está visible en los principales establecimientos de cada zona de la ciudad. Los futuros diputados viajan a la zona que representarán –señal inequívoca de que no viven en ella–, visitan centros laborales, científicos, educacionales y culturales, y si el lugareño tiene suerte, los verá por primera y única vez. Todo el aparato centralizado de propaganda en función de la campaña electoral cuesta dinero, yo diría que cuesta mucho dinero, dinero que sale de los contribuyentes, esa masa amorfa llamada nuestro pueblo trabajador al que no se dan detalles de cómo se utiliza su contribución.
Se establecen los colegios especiales, los ubicados en las terminales de transporte, por ejemplo. ¿Acaso se vota allí por los candidatos que me representarán? No, se vota por los de la zona donde esté enclavado el colegio. Nada más demagógico, aunque tenga una función sicológica subsidiaria, ¿o será al revés?
En el afán de establecer un sistema electoral opuesto al burgués, los candidatos no proponen un programa. Prometen ser tremendamente leales a la Revolución, pero casi siempre resultan tremendamente ineptos para la gestión por la que serán votados. Las elecciones se han convertido en una pantomima a la que los ciudadanos concurren sin valorar el acto, con esa mezcla de miedo e indolencia convertida en filosofía popular de que “esto no hay quien lo arregle, pero tampoco quien lo tumbe”.
En otras oportunidades me he referido a que no se elige, sino que se aprueba, a la misteriosa comisión de candidatura, a la candidatura cerrada, a ese porciento de inclusión de mujeres, jóvenes, negros, y más recientemente religiosos y homosexuales, para dar una idea de diversidad, artificial e irrespetuosa con las minorías que son las primeras que no se sienten representadas.
Nos han querido hacer creer que no existe el político pagado, que nuestros legisladores no reciben salario por su trabajo cívico, pero todo el que se convierte en “cuadro profesional” no vive del aire: no solo conserva su salario anterior, sino que accede a la dieta de viaje, al carro y su cuota de gasolina, a las vacaciones en moneda nacional y otros detalles que en Cuba son prebendas y permiten dar un salto en el nivel de vida.
Reunirse dos veces al año y pretender en tres días resolver los problemas de este país que acumula problemas de una legislatura en otra, es imposible. Por muy burgués que parezca, el funcionario profesional tiene que ser eficaz porque si no cumple con las exigencias de sus votantes, puede ser destituido y hasta procesado.
La ineficiencia del Poder Popular, a veintisiete años de existencia, impone su revisión o desactivación.

