Siempre que puedo, leo a Fernando Ravsberg, corresponsal de BBC en Cuba. Podré estar de acuerdo con él o no, pero prefiero un abanico de opiniones antes que la monocordia bicolor de Granma. (Donde lo de bicolor no es sólo por el diseño gráfico.)
Su trabajo de la semana pasada me ha dejado un mal sabor. No porque la historia que reseña no sea real, todo lo contrario, casos como ese deberán aumentar si la cruzada anticorrupción sigue adelante. Con economía, Ravsberg retrata a un personaje ladino que aprendió a arrimar la sardina a su brasa mientras coreaba consignas o aplaudía en los actos políticos. Una persona por su edad formada en los valores del “hombre nuevo”.
Con una capacidad camaleónica, la anónima entrevistada –y ahí sentí un cosquilleo en el estómago– olvidando su pasado inmediato, afirma que se sumará a la disidencia y a “los derechos humanos” para recabar visibilidad para su caso.
No necesito imaginar lo que se dice sobre la disidencia y los grupos de Derechos Humanos en los círculos de estudio de los núcleos del Partido, basta con leer la prensa nacional; ya sabemos que es requisito ser mala persona, asalariado de la CIA (o de la SINA, da igual), anexionista, instrumento de conglomerados mediáticos, qué sé yo.
Igual que caló en la anónima entrevistada la idea de que todo corresponsal extranjero está para hablar mal del gobierno; caló la idea de que “una carrera” en la disidencia es el paso natural para cualquier defenestrado en plan de evadir su responsabilidad ante la justicia.
En cuanto a la preocupación por cierta paradoja a la que se hace referencia, dejo a la ética del periodista desentrañar y publicar la verdad sobre cualquier caso, posible o pasado, más allá de declaraciones oficiales o informaciones alternativas. Siempre será ganancia para el país.
