LML en LJC (24)

¿Por qué no se derrumba el sistema en Cuba?

Para Alberto por su pregunta del viernes.

Me admira la ingenuidad de un estudiante de periodismo. Si no leyeras, el Nuevo Herald o cualquiera de esos periódicos de la “campaña mediática contra Cuba”, te habrías enterado de los muertos de Mazorra cuando ya era una noticia vieja en el mundo. Que la prensa nacional no refleje manifestaciones, detenciones, violencia policial, sólo hace evidente que no se publican, porque la noticia existe. Es probable que la lectura de esos periódicos foráneos deje la impresión de la hecatombe (como tu calificas), pero como estudiante que está por dedicarse a una profesión tan mutilada en Cuba, con abrir la prensa nacional encontrarás logros y victorias. Mira el Granma del viernes pasado; no sólo una foto de hace 50 años ocupa las 2/3 partes de la primera plana, sino que en las páginas interiores a sendas fotos de la misma data les dan la plana completa. Si la austeridad obliga a hacer un periódico pequeño, al menos que traiga noticias, no propaganda.

Al gobierno de Cuba lo califican de dictadura muchos más de los que displicente mencionas. Es muy relativo tu argumento de la autoridad moral para validar un gobierno por medio siglo. Para mí es comprobación suficiente la crisis económica y social en que estamos sumergidos para demostrar que nadie debe hacerse con el poder por tanto tiempo. Debías documentarte mejor sobre la renuncia de Fidel y la destitución de Urrutia, porque tus fuentes lo cuentan de una manera interesada. ¿Nunca se te ocurrió pensar que lo importante es el proyecto y que si este cuenta con el apoyo mayoritario de la población (como era el caso), la necesidad de un líder está sobrevalorada?

Hablar de mayoría que apoya y unos cuantos que no, podría depararte sorpresas. Si volvieras la vista hacia la extinta URSS y Europa del Este, sabrías por qué afirmo eso. Pero si tu medidor son las elecciones y los actos políticos, te entiendo; como yo encuentro falta de transparencia en todo eso, me impide tomarlo como fiel. Y no digo que el gobierno –gobierno, no revolución— no goce de una mayoría, pero no en los % que se nos presentan en la prensa de la que pronto formarás parte.

Como la historia no es tu fuerte, te remito a ella. Cuba y Puerto Rico cerraron el imperio colonial de España en América en 1898, el resto lo había logrado desde 1829. Había más contraguerrilleros luchando por la Corona que mambises. En toda la historia republicana, los que se enfrentaron al gobierno fueron un grupo pequeño, los 20 000 cubanos, fue una cifra lanzada por Miguel Angel Quevedo en una oportunidad en que levantaron la censura de prensa con el objetivo de galvanizar a la opinión pública. La valentía del cubano de estos tiempos ha sido de un perfil menos heroico: resistencia y navegación a remo.

Sí. El cubano habla horrores y luego desfila en una marcha en apoyo al gobierno. No digo que a esas marchas no vayan ciudadanos convencidos de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero si algo tiene, más que aprendido, aprehendido el cubano, es a no expresar su pensamiento abiertamente. En el país donde no ves falta de libertad, por expresarte críticamente como ciudadano que se cree con derechos, pierdes el trabajo, pierdes los estudios.

Categorías: Política | Etiquetas: , , , , | 4 comentarios

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4 pensamientos en “LML en LJC (24)

  1. José

    El sistema no se derrumba porque hay una pila de malnacidos que están viviendo muy bien a costa de el, y cuando caiga el régimen asesino de los castros ellos caerán con él, porque un 99 % de los lame botas tienen su caquita y saben bien que tendrán que pagar por ella y otros que no tienen los testículos que tenían todos estos mártires que han dado su vida por una Cuba libre

  2. Gabriel

    Regina, te paso la traducción de un capítulo del libro “Revolution 1989. The Fall of the Soviet Empire.”

    Habla de un fraude electoral que surgió en Alemania del Este pocos meses antes de la caída del Muro:

    Por Victor Sebestyen*

    Berlín Este, Domingo, 7 de mayo de 1989

    Era día de votar en las elecciones municipales germano-orientales y todo parecía ir yendo normalmente. Los resultados no eran precisamente reñidos. Cuando se anunciaron, avanzada la tarde, la lista del Frente Nacional de candidatos oficialmente aprobados —los comunistas y sus partidos hermanos— ganó el 98,6 por ciento del voto. En algunos distritos el régimen gobernante durante los últimos cuarenta años probó ser incluso más popular: en Erfurt, alcanzó el 99,6 por ciento y en Magdeburg un impresionante 99,97 por ciento, aunque en Dresden consiguió un mero 97,5 por ciento. Los resultados estaban en línea con las elecciones locales previas, marginalmente mejores que los votos correspondientes de cuatro años antes. Los oligarcas comunistas, ponderando los eventos desde sus chalets de Wandlitz, se pronunciaron satisfechos. Un editorial del órgano del partido Neues Deutschland declaró: “El pueblo de la RDA está determinado a continuar… con éxito por el camino hacia una sociedad socialista avanzada y a fortalecer la patria socialista. Existe una relación de confianza sólida y estrecha unidad entre el Partido y el Pueblo… Los resultados son un paso hacia una mayor perfección de nuestra democracia.”

    El hombre a cargo de la comisión electoral, Egon Krenz, de 52 años, aparente heredero de Erich Honecker y arregla-problemas-en-jefe del Partido, parecía contento cuando declaraba que la votación se había conducido enteramente del modo apropiado. Krenz, que había sido un apparatchik comunista durante toda su vida laboral, tenía unos desafortunados y prominentes dientes y por ello recibía el apodo de “Cara de Caballo” en toda Alemania del Este, incluso en los círculos del Partido. Hablando con el estilo al que la mayoría de sus oyentes estaban acostumbrados, dijo: “Los resultados … son una declaración impresionante de apoyo a las políticas de paz y socialismo del Partido de la clase trabajadora.”

    Votar en Alemania del Este era un proceso diferente al ejercicio del sufragio en una democracia occidental. En un centro de votación germano-oriental, los votantes se presentaban frente a una mesa de dos o tres funcionarios de la comisión electoral, presentaban sus documentos identificativos y se les daba una papeleta. Votar por un candidato aprobado oficialmente era sencillísimo: simplemente se doblaba el papel y se colocaba dentro de una caja junto a la entrada del centro de votación. Votar de otro modo era desalentador y requería coraje. Había que cruzar la habitación para marcar una papeleta de voto en una cabina para voto secreto, frente a la que al menos un, y a menudo dos, “Vopos,” Volkspolizei o Policías del Pueblo se mantenían en pie. Los nombres de esos votantes se anotaban cuidadosamente y las consecuencias podían ser serias para ellos y sus familias. Se enfrentaban a la expulsión o a la degradación en el trabajo. Los estudiantes podían ser expulsados de la universidad. Con total seguridad, serían vigilados estrechamente por la Stasi.

    Los germano-orientales se habían acostumbrado a este proceso electoral a lo largo de cuatro décadas. Generalmente, se conformaban de manera obediente, o no se tomaban el asunto con mucha seriedad. Pero en esta elección había una diferencia. Más gente que antes se había arriesgado y votó valientemente contra el régimen. En esta ocasión un número apreciable de gente sabía con seguridad que los resultados estaban amañados. Por primera vez, en unos pocos centros de votación, los votos se monitorearon. Un pastor luterano de 46 años y voz suave de Berlín Friedrichshain, el Padre Rainer Eppelmann, y unos pocos curas más habían pedido al gobierno que grupos de la Iglesia pudiesen ejercer el derecho consagrado en la constitución de la RDA de que el público observase la emisión de los votos. Se les unieron activistas de unos pocos grupos pacifistas sin experiencia y organizaciones medioambientales que eran toleradas, aunque apenas, por el régimen. El gobierno asintió. Fue un grave error.

    Tan pronto como se anunciaron los primeros resultados, los observadores se dieron cuenta de que la elección era un fraude. Sus predicciones sobre la cantidad de gente que había votado contra los candidatos oficiales diferían ampliamente de las pretensiones oficiales. En términos generales, ellos sostenían que entre el 9 y el 10 por ciento había votado No. Entre la gente joven y los estudiantes la cifra era mucho más alta —en algunos lugares, espectacularmente. En la Escuela de Bellas Artes de Berlín, 105 estudianes votaron contra los candidatos oficiales y 102 a favor. Sin embargo, el recuento oficial indicaba 98,5 a favor. En Dresden, el jefe del Partido Hans Modrow sabía que el cuádruple de la cifra publicada oficialmente había votado contra la lista aprobada, pero declaró las cifras amañadas como una cuestión de rutina.

    Honecker y sus secuaces se dieron cuenta rápidamente de que no tenían que haber permitido que los observadores se acercasen lo más mínimo a los centros de votación. Durante varios días la televisión de Alemania Occidental estuvo llena de reportajes bien informados sobre cómo se habían amañado las elecciones. A menudo se repetía el punto de que unas semanas antes en la Unión Soviética había habido unas elecciones de algún modo libres —al menos el recuento parecía haber sido correcto. En Polonia estaban previstas unas elecciones dentro de un mes donde se iba a permitir que se presentase una oposición genuina. Sin embargo, en Alemania Oriental el régimen persistía con una anticuada elección robada al estilo del bloque soviético, donde se esperaba que gente inteligente se creyese que apenas un ciudadano cada cien se oponía al régimen.

    Esta fue la primera vez en que la televisión de Alemania Occidental jugó un papel serio en la política de la RDA. La mayoría de los germano-orientales la veían —excepto alrededor de Dresden, donde por algún motivo no había cobertura. Aquella área se llamaba El Valle de los Desorientados. Las caras de muchos presentadores germano-occidentales eran tan familiares como las de los presentadores de su propia televisión. En general, la gente miraba la televisión de Alemania Occidental por entretenimiento; la televisión de Alemania Oriental era excepcionalmente aburrida y jamás mostraba películas ni series americanas. Hasta entonces, los noticieros de Alemania Occidental había tenido un impacto marginal, pero eso estaba empezando a cambiar. Los televidentes podía ver interpretaciones alternativas de la realidad de Alemania Oriental emitidas en sus salas de estar y en su propio idioma. Si querían —y cada vez más gente lo quería— podían ver media hora del boletín de noticias de las 7 de la tarde en la ZDF de la Alemania Occidental, seguida de la emisión de las noticias oficiales del Este a las siete y media, y de las noticias de las ocho y el programa de asuntos de actualidad del canal ARD de la República Federal.

    La disponibilidad de medios de comunicación occidentales en Alemania del Este habría de tener un profundo efecto, comenzando por la respuesta asombrada e irritada a la elección fraudulenta. Aparecieron manifestaciones espontáneas, pero pacíficas, en las principales ciudades, al principio reuniendo sólo puñados de personas. Las alegaciones de mala práctica electoral llovieron sobre los comités del Partido por todo el país. La propaganda gubernamental pretendía que eran “calumnias infundadas inspiradas en los medios de comunicación occidentales y agentes del imperialismo en un intento de difamar al Estado.” Sin embargo el público sabía que versión de la verdad alemana era la creíble. En la iglesia de Berlín Friedrichshain, una semana tras la votación, se reunieron 400 personas para formular una carta pidiéndole al gobierno que lanzase una investigación oficial sobre la conducta en las elecciones. Cuando abandonaban la iglesia aparecieron camiones de la Stasi. Fueron atacados por los guardias de seguridad con palos y porras. Se llevaron unos veinte a los cuarteles de la Stasi, donde fueron apaleados más a fondo.

    Más tarde los jefes comunistas admitieron el fraude. Alguien en la dirección había calculado que habría una proporción de “disentimiento” del 5 al 7 por ciento. “Sin embargo los jefes de distrito estaban convencidos de que el Partido quería mejores resultados.” Günter Schabowski dijo: “las cifras fueron inventadas. Los funcionarios lo aceptaron… como su tarea en la vida y se pusieron a ello. Los hicieron por hábito y por disciplina hacia el Partido.”

    Los jefes del Partido en Berlín no necesitaban de ninguna elección para que les dijesen que la oposición estaba creciendo. Reportes precisos de la Stasi sobre el nivel de descontento llegaron a Mielke, aunque no está claro cuántos se mostraron a Honecker. Uno, presentado por un oficial de alto rango en los cuarteles de Normannenstrasse de la Stasi, indicaba que siempre habían habido gruñidos y quejas entre los trabajadores, pero ahora

    el descontento económico está desacreditando al régimen… Los trabajadores están expresando abiertamente sus dudas sobre la objetividad y credibilidad de las hojas de balance y resultados económicos publicados por los medios de difusión masiva de la RDA. Frecuentemente los trabajadores exigen que les mantengan informados sobre los problemas y sus soluciones… cuando hablan con visitantes de Alemania Occidental desprecian las capacidades productivas de su propia economía y las condenan… En un grado creciente, las manifestaciones de indiferencia y resignación están aumentando. Los ciudadanos de la RDA que vuelven del extranjero en visitas familiares glorifican Occidente… y, en general hablan de la superioridad del capitalismo.

    Un informe que aterrizó sobre el despacho de Mielke por la época de las elecciones locales, preocupó al jefe de la Stasi. Este sí que llegó al resto del liderazgo supremo. Decía que había un aire de tristeza y depresión dentro de los rangos bajos y medios del propio Partido. “Hay una desmoralizacion extendida,” decía. “El Pueblo ya no cree en los objetivos del Partido y del gobierno. Tales actitudes eran especialmente evidentes entre aquellos que hasta entonces eran socialmente activos pero se han vuelto … cansados, resignados o finalmente han abandonado.” Aparentemente con la misma eficacia de siempre, la Stasi calculó el número de opositores en un informe enviado a Mielke y, en esta ocasión, circuló hasta Honecker unos días despues de las elecciones. Había 160 grupos desperdigados —“incluyendo pacifistas, feministas, ecologistas… participan 2.500 personas y 600 están en posiciones de liderazgo… el núcleo duro del activismo lo forman 60 personas.”

    Era una subestimación, pero no excesiva en los primeros días del verano de 1989. No emergió nadie como figura inspiradora, a la manera de Lech Walesa en Polonia, o con la reputación de Václav Havel, en la República Checa. Algunos pastores protestantes eran políticamente activos, como Eppelmann en Berlín, que había sido albañil y había pasado nueve meses en prisión por negarse a hacer el servicio militar. Como mucha gente que acabó en el clero de Alemania Oriental, Eppelmann se recicló como estudiante de teología por razones prácticas, más que espirituales: “Me pregunté, ¿en qué te puedes convertir para lograr una vida de lucha, e incluso feliz en este país? La única respuesta que se me ocurrió fue: pastor. Unicamente el estudio de la teología fue capaz de ofrecerme un poco de libertad mental.” Christian Führer, pastor de la bella y famosa Iglesia de Nikolai en la segunda ciudad de Alemania Oriental, Leipzig, había fundado originalmente un grupo pacifista a mediados de los ochenta para hacer campaña por el desarme nuclear a ambos lados del Telón de Acero. Al principio el régimen permitía esos grupos pacifistas, e incluso los fomentaba, pensando que eran inofensivos y tan irritantes para el Oeste como el Este. Sin embargo la congregacion de Führer se convirtió en una espina clavada en la carne de Honecker. Comenzaron manifestaciones sistemáticas después de los rezos cada lunes por la noche a partir de la semana de las elecciones amañadas. Al principio sólo asistían unos pocos cientos; pero durante el verano la cifra creció hasta los miles.

    Sin embargo, las iglesias estaban fuertemente comprometidas con el régimen y sólo unas pocas querían tener algo que ver con la política de la oposición. El biólogo Frank Eigenfeld deseaba fundar un grupo pacifista en Halle, unos 140 kilómetros al sudoeste de Berlín. “Teníamos problemas básicos con las iglesias,” decía. “Teníamos problemas para encontrar habitaciones para que se reuniese la gente. Dependíamos de parroquias para que apoyasen nuestros esfuerzos y ayudasen a facilitar salas para los grupos de base. En la mayoría de los casos era difícil encontrar apoyo. En Halle unicamente tres de un total de catorce parroquias nos facilitaron espacio para nosotros… la mayor parte de las iglesias no querían saber nada de nosotros.”

    El grupo secular más conocido fue la Iniciativa para la Paz y los Derechos Humanos, establecida por la artista de 43 años Bärbel Bohley y su socia Werner Fischer. En enero de 1988 fueron arrestadas en una manifestación que marcaba el aniversario de la muerte de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, dos de los fundadores del Partido Comunista Alemán y heroes del panteón marxista. Su ofensa fue desplegar una bandera donde se ponía con letras grandes uno de los lemas más famosos de Luxemburgo: “La libertad es la libertad para pensar distinto.” A Bohley le dieron la opción de permanecer en la cárcel o abandonar el país. Después de que unas cuatrocientas personas se manifestasen en Berlín protestando por el tratamiento que recibía, alcanzó un compromiso con el Partido que necesitó de la aprobación del mismísimo Honecker. Se fue a vivir a Gran Bretaña durante seis meses, hasta que le permitieron volver. En mayo de 1989 estaba de vuelta en Alemania Oriental dirigiendo nuevos grupos de protesta y comités de ciudadanos que el régimen calificaba como “grupúsculos ilegales.”

    Sin embargo, poca gente estaba interesada en negociar con los comunistas o alcanzar un compromiso con ellos. Algunos jóvenes emprendedores germano-orientales buscaban nuevas maneras de mostrar cómo se sentían. Cinco días antes de las elecciones municipales, la televisión de Alemania Occidental había emitido una transmisión especial desde la frontera entre Hungría y Austria. Los soldados húngaros estaban cortando la alambrada —el Telón de Acero— y abriendo la frontera con Occidente. Era un espectáculo extraordinario, que les mostró a algunos germano-orientales cómo salir de su nación-prisión. Si no podían escalar sobre el muro, hacer un tunel bajo él, o volar sobre él, quizás había una manera de rodearlo. Unos pocos, al principio, empezaron a hacer su camino hacia Hungría, confiando en que nunca tendrían que volver a la RDA.

    *Tomado de Victor Sebestyen: Revolution 1989, The Fall of the Soviet Empire, Weidenfeld & Nicolson, agosto del 2009.

  3. Hola, amiga. Estoy segura que tus debates con estos estudiantes de periodismo les son infinitamente más útiles e instructivos que las clases que digieren pasivamente sentados en sus aulas, recibiendo la doctrina oficial, como si de fabricar embutidos se tratase, para lograr un título que les permitirá ejercer si aceptan ser papagayos del gobierno, pero jamás los avalaría como periodistas. Te felicito por tanta dedicación, paciencia y generosidad, porque, además, creo que con tales debates haces una labor magnífica.

  4. Sophia

    Como siempre Regina ,q decirte eres la mejor ,no me canso de leer lo q escribes,un saludo .

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