Tres días sin Fidel

Esto me lo pidieron de una agencia de prensa a raíz del suceso, y no lo publicaron. Luego vino la reacción oficial y no podemos tener mucho tiempo sin su imagen. Es como dijo una señora llena de sabiduría en la cola de la farmacia “Era preferible que la Asamblea (Nacional) aprobara un monumento enorme, y no este Fidel que sale por todos lados y no acaba de morirse”

Viernes. Tarde ya, frente al televisor, me saca de la molicie la indicación de los canales en cadena. Habla Raúl Castro. Una buena parte de la ciudad dormía cuando comenzaron a sonar los teléfonos.

Quizás para los que le amaban, la reacción haya sido emocional, pero no hay sorpresa en la muerte de un anciano con más de diez años de enfermedad. Sí hay, la ironía de que lo mataran tantas veces, y ahora haya muerto tomándonos por sorpresa.

Continúa la programación e incluso comienza un filme, norteamericano por cierto. No es hasta bien avanzado el metraje que interrumpen para sustituir con imágenes del documental Fidel de Estela Bravo. Da la impresión de que los directivos de la televisión nunca se atrevieron a esbozar un plan para este momento; y solo al recibir la orientación “de arriba” se pusieron a buscar a la carrera los materiales fílmicos para nueve jornadas de “historia y patriotismo”.

Ya es madrugada y pasan bandadas de jóvenes provenientes de la Fábrica de Arte a quienes les han interrumpido la fiesta. Los más borrachines conminan con el ¡de pie! aprendido en campamentos militares o agrícolas, y añaden divertidos y locuaces ¡enciendan el televisor que el Fifo se murió! Estos heraldos siguen su camino y otros acampan en el parque frente al cine Acapulco; dos muchachas bailan su propia música abrazadas dando salticos cortos. Es un grupo sin lágrimas este de los desplazados de la Fábrica de Arte.

Sábado. Un despistado levanta las cejas al enterarse de la noticia en el mercado agrícola de la calle Tulipán y continúa. Lleno como siempre, el mercado está silencioso sin los altoparlantes; los compradores muy discretos se mueven de prisa entre las tarimas para conseguir unos escuetos vegetales con precio de importados. Todavía en la mañana hay comercios que no han recibido instrucciones de suspender la venta de bebidas alcohólicas; una ley seca y nueve días de duelo nacional serán una dura prueba para quien vive a golpes de ron y reguetón. No veo caras tristes, más bien seriedad. O cautela.

Domingo. La televisión pasa incontables materiales de Fidel. Fidel en la ONU; en una escuela, en una fábrica, con García Márquez: Fidel omnipresente. Ahora es más protagonista que nunca; él tan mediático, él que se apoderaba durante horas del micrófono en cadena nacional y Radio Habana Cuba. En los noticieros, los locutores vestidos de negro, dan informaciones respecto a las honras fúnebres en la Plaza de la Revolución, al viaje de las cenizas hasta Santiago, al cierre de vías. En la televisión hay lágrimas, pero no hay programación infantil. Y nadie habla de las causas de la muerte.

Mi vecina del fondo, que tanto ha gusaneado a su costa, conversa con alguien al teléfono y le cuenta de las pastillas que ha tenido que tomarse por el disgusto. Una mujer es entrevistada en la marquesina del cine Yara, en la esquina de 23 y L. Viste de blanco y lleva en el brazo una cinta negra de duelo. Lee un poema ripioso salido del alma al saber la noticia. Al fondo, en la pared del Hotel Habana Libre, se ve el enorme grafiti de El Sexto. “Se fue”, dice en la pared, y El Sexto está preso por ese grafiti con segundos de posteridad en cámara.

Lunes. Los ómnibus como siempre, van repletos. Nada parece haber cambiado, pero en los centros de trabajo y de estudio se suspenden las actividades para el traslado a la Plaza. En la Base del Monumento han dispuesto sendos lugares con flores y una gran foto y el pueblo desfila. Nadie se detiene frente a la foto sin cenizas. Esas, están custodiadas en el Ministerio de las Fuerzas Armadas y allí no hay desfile de pueblo. Muchos teléfonos celulares filman las flores y la foto. El verdadero luto no ocurre en cámara.

Hay disgusto y protestas airadas de los que llevan horas de cola y ven llegar a grupos de militares y de otros centros de trabajo que pasan rampa arriba hacia la base del monumento nada más llegar. Una nota de indisciplina social sin que el orden público ponga orden. La solución: extender el horario de desfile de la cola hasta las doce de la noche para que los concurrentes presenten sus respetos.

En un país en que decir que sí pensando en otra cosa ha sido una práctica de años, no llegaremos a saber cuántas botellas fueron descorchadas, cuántos abrazos cómplices se dieron. Pero hasta los legítimamente golpeados por la pérdida comprenden el antes y el después. Fidel se encargó de encarnar la Revolución. No importa cuántos compromisos seamos invitados a firmar los cubanos en una ilusión de continuidad. Su frase “Cambiar lo que debe ser cambiado” será recurrente en el futuro inmediato.

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