Archivo del Autor: Regina Coyula

Acerca de Regina Coyula

La Habana 1956. Licenciada en Historia. Entre 1972 y 1989 trabajé en la Dirección de Contrainteligencia del Ministerio del Interior. Posteriormente he fungido (o fingido) como chofer, masajista, profesora, artesana y vendedora. Soy una pésima ama de casa, no obstante llevo veinte años "gobernando" a mi marido y a mi hijo. reginacoyula@gmail.com

Cuesta

cuestaEn todos los centros hospitalarios que he visitado últimamente, han colocado unos llamativos carteles: “Tu servicio de salud es grautito, pero cuesta”. Los he visto relativos a oftalmología, cirugía, ortopedia, estomatología y recién vi uno con el genérico de Institutos. Luego enumeran una lista de servicios, desde lo más sencillo y económico, hasta complejos procederes de miles de pesos.

Para un ciudadano con varias visitas fallidas para finalmente lograr la consulta médica luego de una prolongada espera; para quien tiene que hacer un ingreso hospitalario con una mudanza que incluye cubo y calentador para bañarse, ventilador, bombillo, insecticida, y el importante apoyo de la comida de la casa; para un ciudadano resignado a la ley no escrita de que para recibir el trato correcto que se espera tratándose de la salud, tiene que disponer además de algún extra para la merienda de la “seño” de los turnos, para los cigarros del enfermero, de un billetico para agilizar el ultrasonido o el análisis, ese vistoso cartel de la pared no pasa de ser propaganda. Propaganda y neutralizador. No te la cobro, no te quejes.

(Y no digo yo si se cobra, con los seudo salarios y los precios inflados.)

Admiro la capacidad y dedicación de los médicos, pero el servicio de excelencia que nos prometieron como “potencia médica”, no por la cantidad de médicos por habitante (aunque se encuentren en la Amazonía o en el nordeste del Brasil), sino por la calidad del servicio de salud en su conjunto, se perdió en el camino. Y nadie puede ya convencer a ningún cubano de que la culpa la tienen el bloqueo y la amenaza imperialista.

En una espera por más de una hora respecto al horario –visible en la ventanilla de atención al público– de una empleada cuya función es entregar los resultados de laboratorio, un hombre joven que decidió acostarse en un banco y dormir la espera, con esa gracia que tiene el cubano para sacar filo de cualquier situación y delante de uno de los letreros de marras, soltó para risa de todos los que esperábamos: La salud pública nos cuesta, pero como es gratis…

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El medio y el fin

Mucho se ha escrito sobre Zunzuneo, y Piramideo y no me voy a hacer la analista. Mi reflexión es simple, ¿Podría un envío masivo de mensajes a través de Twitter subvertir gobiernos como los de Gran Bretaña, Canadá, Francia, Australia, Suecia, Costa Rica? Más allá de las conocidas protestas del 15-M en España, del movimiento estudiantil en Chile o del Ocuppy Wall Street en las mismísimas entrañas del monstruo, las redes sociales han movilizado, probablemente hayan puesto a pensar a los políticos, pero no tumbaron gobiernos.

¿Dónde se vuelve peligrosa esta manera de concertar? En países donde la mala economía o la falta de libertades, o ambas, crean las condiciones. La primavera árabe es el referente más conocido. El disgusto del gobierno cubano no es por la supuesta violación de la privacidad telefónica de sus ciudadanos (eso sería un chiste colosal), sino precisamente porque el gobierno conoce muy bien la opinión expresa o soterrada de muchos de sus ciudadanos sobre la mala economía o la falta de libertades, o ambas, y lo que menos le interesa es que un grupo significativo de ellos pueda organizarse por esa vía.

Y también, digo yo, está poniendo el parche previo a la salida del anunciado proyecto de Yoani Sánchez, ese “medio” que podría poner en sintonía el sentir de los ciudadanos ante la mala economía, la falta de libertades, o ambas.

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Fotofobia

Según el todavía muy útil diccionario de la UTEHA, fotofobia es un término médico y significa repugnancia a la luz. Pero la fotofobiaprohibido de mi cuento no tiene que ver con aprensiones médicas, sino con aprensiones sociales. Cada vez con más frecuencia me entero de personas que al querer tomar fotos en lugares públicos, se les dice que está prohibido. No se trata de fotografiar unidades militares o movimiento de tropas, no. En plena vía pública, en una farmacia, en el agro, en un hospital materno, en un centro nocturno, llega un severo empleado que conmina al fotógrafo, el cual, generalmente, acata la disparatada orden. Esa paranoia no puede ser espontánea, tiene que obedecer a “orientaciones bajadas” donde detrás de cada lente puede ocultarse, ¡horror!, un periodista independiente, que es como decir un agente de la CIA.
Los ciudadanos, por supuesto desconocen que para que tenga fuerza legal, dicha prohibición tiene que ser expresa y bien visible, y estar avalada por una resolución y no por el capricho de un administrador, dirigente o policía.
Si no hay nada que ocultar, ¿cuál es el miedo?

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Sociología del transporte

parada
Mis conocimientos como Ms.C. en Transporte Público indican que nos encontramos ante otra crisis cíclica del transporte urbano. En el horario pico se ven las paradas llenas y un público flotante que las extiende por cincuenta metros y que apuesta por adivinar dónde se detendrá el ómnibus que con seguridad, no lo hará en la parada.
Desaparecieron los “azules” y los “amarillos” de otra época, aquellos inspectores facultados para detener el transporte estatal y montar pasajeros. En contraste, numerosos ómnibus adscriptos a centros laborales, razonablemente vacíos, pasan de largo uno tras otro frente a las atiborradas paradas, motivo de floridos comentarios acerca de los privilegios.                                                                                                                        Frente a este fenómeno, siempre me pregunto si ese transporte semi privado no sería mejor sumarlo al transporte público, pero es como dice un querido allegado: El “Razonamil” que estoy tomando me hace demasiado efecto.
La frustración del ómnibus que pasa de largo se suma a otras frustraciones que cada cual carga. Es por eso tan buen termómetro esperar una guagua, y si logras montarla, escuchar cómo cada cual da rienda –aunque sea corta—a su versión particular del proceso de actualización del modelo económico, y cómo la sintonía con otros pasajeros se produce de inmediato, aunque la indiferencia suele ser la ¿reacción? generalizada.
Escrutar el rostro de los pasajeros no auspicia un pronóstico de sociedad feliz. Algunos hacen el viaje dormitando, aún de pie; los más jóvenes con frecuencia se aíslan con audífonos o por contraste forman grupos ruidosos y a menudo groseros si se les llama la atención. La mayoría de los que viaja son hombres y ellos son mayoría también en los asientos. Mochilas, jabas, maletines y paquetes que parecen pesar, ocupan un espacio ya insuficiente para los pasajeros. Rostros macilentos, olor acre, violencia verbal al menor incidente. Y todavía el calor no pone la gota que rebalsa este micro mundo.

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Frase descolocada

“revolución es formar principios éticos”. Repito de memoria una frase que escuché hoy en la prensa. Atribuida a Fidel Castro, no estoy muy segura si forme parte de un conocido fragmento de alguno de sus discursos (revolución es…). Frase dicha en medio de la corrupción, la desidia, la picada de la calidad de la enseñanza, la visible falta de educación que rige las relaciones entre los jóvenes –y los ya no tan jóvenes–, los patrones con que la policía política hostiga a la disidencia.
Una lista incompleta pero suficiente. La llamada revolución no solo no formó nuevos principios éticos; arremetió contra los existentes por “burgueses”. La ironía: la revolución hace muchísimos años terminó, y los principios éticos se degradaron de forma tal que tomará varias generaciones restaurarlos.
Para decirlo al modo oficial, no es el lugar ni el momento para esgrimir una frase carente de contenido.

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