Mi marido no es un escritor cualquiera. Pertenece a la generación conocida como Generación de los 50, una agrupación poética bastante arbitraria que empieza con Carilda Oliver (1922) y llega hasta David Chericián (1940). Sus pares generacionales –si no murieron o emigraron–, han recibido el Premio Nacional de Literatura y gozan de reconocimiento social y oficial. Esa es una de las razones que lo hace un escritor extraordinario. No solo no se dejó seducir por el canto de sirena del premio nacional hace como diez años. Hace veinte que por voluntad propia se inxilió de la vida cultural y tampoco publica en Cuba. Para él, premio ha sido que su libro Agradecido como un perro se cambiara por cigarros en el Combinado del Este a fines de los ochenta, que preguntando por el barrio; lleguen muchachos desde provincias que lo descubrieron de casualidad en una librería de segunda mano. Sus libros hoy serían de coleccionista, un escritor desconocido por los más jóvenes e inédito luego de 1990, de no ser porque el editor sevillano Abelardo Linares tocó un día la puerta de casa.
No es un escritor de raza común. Los editores extranjeros son altamente codiciados, su visita a Cuba los pone en situación de recibir un montón de textos inéditos y publicados de expectantes autores que lo mismo agasajan al visitante que le hacen un trabajo de santería. Alcides es incapaz de montarse en una guagua, un almendrón, un panataxi; es incapaz de caminar doscientos metros siquiera para conocer a una celebridad. En cambio, es un anfitrión extraordinario, tan cálido y atento, que enseguida hace sentir cómodos a los recién conocidos.
En esta época de polarización ideológica, mantiene el afecto intacto y esa manera intensa de querer, lo mismo por un alto funcionario del gobierno que por un alto dirigente de la oposición en el exilio. Perdona (pero no olvida, tiene excelente memoria) a algún tonto ¿elevado? de poeta bisoño a funcionario que desde su nueva posición se ha permitido tratarlo con frialdad. Todavía lamenta la errata por omisión de la dedicatoria a Roberto Fernández Retamar en un poema de un libro recién publicado en Colombia.
Otra de las cosas que lo hace extraordinario, tiene que ver con su aspecto. Cuando iniciamos nuestra relación hace !24 años!, mi sobrina, con el candor de los diez años, me preguntó si era Eliseo Diego. Tenía entonces una venerable barba blanca y una calvicie insospechable. Sus contemporáneos parecían hermanitos menores. Él les jugó la broma de no seguir envejeciendo mientras los demás perdían lozanía, pelo, libras, agilidad física y/o mental y le pasaban de largo hasta invertir los papeles. Eso, a pesar de un copioso prontuario médico, que disimula muy bien.
Parcialidades del cariño, hay quien dice que se trata del mejor poeta del mundo. No hay que exagerar, aunque algunos versos lo salven para la posteridad.
De esos fuegos se alimenta este hombre que escribe y escribe en una maltrecha computadora que no da más. Ahuyentada la poesía, se dedica a terminar enormes borradores, novelas que quedaron en proyecto por la prisa de vivir.
Nadie diría que detrás de esa voz de trueno que pide el último en la cola del agro, de ese habilidoso cocinero que me evita el mal rato cotidiano, pasa en atroz clandestinaje este Señor Poeta que mañana nueve de junio cumple ochenta años.
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